Las estatuas de Bolívar

La inmensa crueldad de Bolívar se acredita con su «Decreto de Guerra a Muerte», por el que condenaba a morir a todos los españoles, combatientes o no, que no se unieran a su causa

Las estatuas de Bolívar
Las estatuas de Bolívar FOTO: Raúl

Con 47 años, el 17 de diciembre de 1830, fallecía Simón Bolívar tras renunciar a la Presidencia de la Gran Colombia, en las horas más bajas de su reputación, consecuencia de sus innumerables errores, despotismo y ejercicio dictatorial del poder, tanto que incluso sufrió un intento de asesinato en septiembre de 1828. Los enemigos de Bolívar crecían al igual que su desprestigio. Su renuncia fue inevitable.

Simón Bolívar es uno de los personajes más adulterados de la Historia, y no solo por el fraude de los actuales gobiernos populistas que lo exaltan hasta el ridículo. Tras su muerte, Bolívar cayó en el olvido hasta que en la década de 1870 el presidente venezolano Guzmán Blanco lo rescata y funda toda una religión laica en torno a él, como nos detalla Elías Pino en «Divino Bolívar». Desde entonces, la leyenda (la falsedad histórica) se ha ido incrementando desmesuradamente.

Se le atribuye la emancipación de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Sin embargo, esa atribución debe matizarse, porque su herencia fue realmente desoladora: dejó una América destruida, partida en mil pedazos, Perú dividido (le amputó el Alto Perú y le puso su nombre: Bolivia), innumerables luchas internas que querían montar su propia república, la economía destruida y un enorme vacío de poder tras la desaparición de la administración española. Un dicho popular decía «No habría libertad, mientras hubiera libertadores». Lo peor, el desastroso ejemplo de caudillismo hispanoamericano que tanto daño ha hecho a esas sociedades.

Hasta la historiografía militante censura a Bolívar, aunque por excepción. En «Bolívar contra Bolívar» se lee: «se permitió actos de una arbitrariedad tan desmesurada y de una inmoralidad tan completa, que la opinión empezó a rehusarle un tributo, que hasta entonces había rendido a su reputación».

Carlos Marx lo califico como «El Napoleón de las retiradas» y «el canalla más cobarde, brutal y miserable». González de Soto lo define como «cobarde, fantasmón, muy audaz, excesivamente cruel y sanguinario». Salvador de Madariaga en su biografía de Bolívar dijo que era «cobarde hasta el pánico». El ex presidente de Perú, Torre Tagle, dijo que de Bolívar solo podía esperarse «desolación y muerte». El comandante francés Maurice Persat, quien combatió con Bolívar, le llama «mal patriota, mal general, un cobarde» y añade «êtait d´une violence sans façon».

Por su parte, el general franco-alemán Ducoudray Holstein, quien fue Jefe de Estado Mayor de Bolívar, escribió que estaba «más concentrado en las artes amatorias que en las militares», «ignorante en materia de estrategia bélica», «vanidoso, arrogante, mujeriego y cobarde». La crítica de este general en «Memorias de Bolívar» es tan intensa que titula un capítulo «El general como es, y como no comúnmente se cree que es», señalando hasta siete actos de cobardía ante el enemigo, abandonando sus tropas a su propia suerte, mientras él huía.

Por toda nuestra geografía hay estatuas, calles, plazas y avenidas dedicadas a Simón Bolívar, sin que nadie se pregunte por las razones de tanto laurel. ¿Qué importantes servicios prestó Bolívar a España?: Ninguno. ¿Qué debe España a Bolívar?: Nada. La traición a Francisco de Miranda y su entrega a cambio de un pasaporte para huir, no es su más honrosa acción. La verdadera personalidad de Bolívar, así como su crueldad con nuestros compatriotas, es generalmente desconocida al haber sido encubierta por la propaganda.

La inmensa crueldad de Bolívar se acredita con su «Decreto de Guerra a Muerte», por el que condenaba a morir a todos los españoles, combatientes o no, que no se unieran a su causa, dando soporte a las innumerables atrocidades que cometió fuera del campo de batalla. El asesinato de inocentes civiles y religiosos españoles, ajenos a la contienda, fue tan brutal como habitual.

Por orden expresa de Bolívar: «ordeno a usted que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna», se asesinaron a dos mil indefensos e inocentes españoles en Caracas y La Guaira. Nos cuenta el general Ducoudray Holstein: «Entre estas víctimas, había hombres incapaces de caminar por alguna enfermedad o por edad avanzada, muchos de ellos, de 80 años de edad o más. Ellos fueron puestos en una silla, fuertemente amarrados llevados al lugar de la ejecución y fusilados». Muchos tuvieron que cavar su propia tumba y en otras ocasiones sus cuerpos fueron apilados y quemados, algunos, aun con vida. Su único delito era ser español». El último parte fue: «Hoy se han decapitado los españoles que estaban enfermos en el hospital, últimos restos de los comprendidos en la orden de S.E.», dando noticia de tan cruel e inhumana acción. Varios historiadores colombianos nos muestran la enorme crueldad de Bolívar, como Rafael Sañudo en «Estudios sobre Bolívar», o Pedro Medina en «Bolívar Genocida» o Pablo Victoria en «El Terror Bolivariano», donde describe lo que llama «genocidio bolivariano»

Quizás Bolívar merezca ser recordado en alguna parte de América, pero no en España. No hay razón alguna para que España homenajee a un personaje tan cruel y sanguinario con inocentes e indefensos compatriotas, a los que asesinó alevosamente de la manera más inmisericorde.

El rigor histórico y elementales razones de Justicia exigen el cambio de las inmerecidas denominaciones del callejero español, así como las retiradas de sus incomprensibles estatuas, que tanto ofenden a quien mínimamente conozca la trayectoria de tan cruel como falso héroe.

Tomás Torres Peral. Comandante de Caballería. Academia de las Ciencias y Artes Militares.