De los porros y las políticas de la izquierda

Alfredo Semprún

A los que ya tenemos una edad, Mónica García, conocida por ser la única mujer, médica y madre de España, nos proporciona tardes inolvidables en el ruedo de Vallecas. No es sólo que sea capaz de vender con inimitable desparpajo, como creyéndoselo, la mercancía averiada de la izquierda, es que con una manita de pintura y un poco de cinta americana te adecenta una moto vieja que ni la de Marc Márquez. La última de 3M consiste en comprarle el mensaje a los narcos, unos tipos que se dejan millones de euros en propaganda, a ver cuántos incautos pican y les legalizan el negocio. La básica es llevar al ánimo general la equiparación del consumo del tabaco y el alcohol con los estupefacientes, asunto en el que han tenido un notable éxito, para abrir la vía legal al cannabis, la cocaína y los opiáceos. El argumentario es variado, pero la estrella es que, con la legalización, se acabaría con la delincuencia organizada, se controlaría la calidad del producto y con los ingresos resultantes los estados potenciarían los sistemas nacionales de salud. Una tesis que parece impecable, pero que ignora cómo funcionan los mecanismos del mercado. Porque no hablamos sólo de una cuestión moral, que sería ver a una 3M convertida en ministra de Sanidad y ejerciendo del Chapo Guzmán, ni meramente sanitaria, que obligaría a la ampliación de las plantas psiquiátricas de los hospitales públicos, sino de unas multinacionales compitiendo por un mercado en expansión, de consumidores cautivos. No es difícil imaginar a, pongamos, «SPM, limited» (Salud por la Mariguana), incrementando la cantidad de THC (Tetrahidrocanabinol) de sus porros para batir a, pongamos, «MRC, limited» (Medicina Recreativa Cojonuda, limited) y sus porros mentolados. Y, luego, claro, como en cualquier producto de estanco, tendríamos el contrabando, la falsificación y la adulteración de las organizaciones piratas. Basta haber pasado un tiempo en un área de psiquiatría para experimentar una inmersión en el mundo de las consecuencias del hachís, con sus cuadros de paranoias, esquizofrenias, depresiones, ansiedades sociales y pensamientos autodestructivos. Por no citar a esos jóvenes que conocemos todos, porque están en cualquier familia, que no consiguieron terminar el bachillerato. Cosas del déficit de atención y aprendizaje asociados al THC. Y si 3M cree que todo esto es una distopía facha, nada era más legal, más vigilado por las autoridades sanitarias y con mayores controles de calidad en su elaboración, que los analgésicos opioides que algunos médicos recetaban como gominolas en los Estados Unidos. Hoy, suponen un problema de salud pública de narices –108.000 muertes por sobredosis en 2021– que no parará de crecer porque los narcos están mezclando fentanilo –40 veces más potente que la morfina– en todo aquello que se inyecta, se fuma, se ingiere o se aspira. Menos mal que 3M ni legisla ni gestiona y tiene enfrente a Isabel Díaz Ayuso, por cierto, una excepción entre los periodistas. Porque si hay dos profesiones que han fracasado en sus deberes son el Periodismo y la Medicina, que han sido incapaces de trasladar a la opinión pública los perjuicios del consumo de hachís, asimilado a una «droga blanda» y, por lo tanto, inocua. Pero, claro, con profesionales sanitarios como 3M, poco se puede hacer, que no sea mirar por tus hijos; rezar, los creyentes, y cruzar los dedos, los demás.