El otoño del descontento

El cabreo sordo viene de abajo, de la calle; es un malestar espontáneo e incontrolable

Abel Hernández

Hay quien lo llama ya «el otoño del descontento». Sólo los instalados en el poder parecen satisfechos. Entre estos, los sindicatos «de clase», o sea de izquierdas, que están callados como muertos ante lo que se nos viene encima. No saben, no contestan. Siguen agazapados bajo la mesa mirando para otro lado. Puede que estén efectivamente muertos. Lo cual, pensándolo bien, sería de agradecer. Nadie los echa de menos. ¿Se imaginan la que estarían armando a estas horas CC.OO y UGT si estuviera en el poder la derecha? Son los sindicatos independientes –los de los funcionarios y los de otros gremios– los que salen a la calle, y son las organizaciones agrarias de la «España vaciada» las que preparan «la revuelta» del campo. Hasta Tomás Guitarte, el de Teruel, después de haber servido mansamente al sanchismo, él sabrá para qué, se moviliza ahora, cuando se acercan las urnas. El cabreo sordo viene de abajo, de la calle; es un malestar espontáneo e incontrolable.

Suenan de fondo este año, cuando entramos en el otoño y empiezan a caer las hojas, los violines de Paul Verlaine: «Los largos sollozos de los violines del otoño hieren mi corazón de una languidez monótona. Totalmente sofocado y pálido, cuando la hora suena, me acuerdo de días pasados y lloro». En las familias aumentan los apuros, y en las ciudades, las colas del hambre. En muchas casas cenarán a dos velas la noche de Navidad, y en otras tendrán que elegir entre cenar o pasar frío. En el mercado se disparan los precios de semana en semana. Los vendedores de leña multiplican su negocio. Europa está temblando. Con las primeras nieves –por los Santos, entre nosotros, nieve en los altos– le entrará a Europa la tiritona, el miedo a quedarse este invierno sin energía, obligada a racionar el gas y la electricidad, y a parar las máquinas por falta de energía y suministros.

De acuerdo, eso es ponerse en lo peor, la historia puede cambiar, no sería la primera vez, todo dependerá del incierto curso de la guerra de Putin. De acuerdo, no hay que ser alarmistas. Los del poder y sus aledaños se consuelan: España va bien, los pájaros seguirán cantando y Pedro Sánchez, líder de proyección mundial, se ocupará de todo sin bajarse del Falcon. Pero uno se atreve a preguntar: ¿hay alguien ahí que no esté preocupado? No hace falta tener el oído fino para sentir los violines de Verlaine este otoño. Suenan tristes por la hora de Europa y, con más languidez aún, por la hora de España, electoral y ausente.