Experimentos en soberanía

Los dos momentos que ahora arrancan en Italia y Gran Bretaña pueden ser vistos con cierta envidia

José Marco

El azar, o la Historia, han querido que con apenas unas semanas de diferencia haya llegado a la Presidencia de gobierno de dos países europeos dos mujeres con un programa de cambio llamativo. Hay muchas diferencias, claro está. Giorgia Meloni va a llegar al gobierno con el respaldo de las urnas, mientras que Liz Truss lo hace tras una más de las varias conspiraciones palaciegas a las que el Partido Conservador británico tiene acostumbrado a todo el mundo desde hace más de diez años. Gran Bretaña recuperó su independencia, por así decirlo, mientras que es inconcebible que Italia deje de ser un socio de la Unión. La una aparenta ser un miembro clásico de la élite conservadora, que de hecho la ha elegido, allí donde Meloni se complace en presentarse como una outsider, con un discurso a veces inflamado y una voluntad explícita de acabar con las prácticas propias de la casta política italiana.

En esto último punto, las apariencias engañan un poco. Meloni lleva en la política mucho tiempo y conoce muy bien, y desde dentro, como protagonista, la vida pública de su país. Su mensaje no ha sido particularmente revolucionario, y de hecho parecen apoyarla electores diferentes, menos exaltados que los que en su momento respaldaron las actitudes declaradamente populistas de Cinque Stelle, que no cumplió sus promesas. Truss, en cambio, a pesar de su largo recorrido en las filas de los tories, ha preservado, de forma sorprendente para muchos, algo más que el recuerdo de la antigua «revolución conservadora» de los ochenta. Así lo ha demostrado con su ambicioso plan de reducción fiscal.

No es una simple bajada de impuestos. Es un plan de salida de la crisis mediante el crecimiento, y no mediante las dos recetas a las que son adictos los políticos de la Unión, que son la austeridad y la redistribución. Se trata de dinamizar la economía y atraer las inversiones que no llegaron a Gran Bretaña después del Brexit a causa de las crisis y los cambios que se han sucedido desde entonces en el escenario mundial. Recuperación de la soberanía, por tanto, pero para mejor situarse como uno de los centro de la globalización. Truss sigue constreñida, claro está, por la relación con la UE, pero mucho más lo está Meloni, que a pesar de todo ha aceptado la realidad de que las naciones de la UE son ya protectorados gobernados, en lo fundamental, por las élites de Bruselas. Así lo va dejando bien claro, una y otra vez y con arrogancia característica, otra mujer, la presidenta de la Comisión. (En política, la arrogancia siempre se paga.) Si no quiere volver a decepcionar a un electorado cada vez más escéptico, Meloni tendrá que utilizar a fondo el terreno de juego que le queda, que es mayor de lo que parece.

En cualquier caso, y vistos desde nuestro país, los dos momentos que ahora arrancan en Italia y Gran Bretaña pueden ser vistos con cierta envidia, e incluso con algo de nostalgia. Hay países europeos, ya sea dentro o fuera de la UE, con opiniones públicas dispuestas a respaldar programas y actitudes de transformación ¿En qué momento los españoles dejamos de pensar que somos, al menos en parte, dueños de nuestro propio destino? ¿Y por qué la sociedad española se muestra tan apocada incluso cuando quienes la gobiernan están acabando con las bases mismas de su convivencia? Misterios por resolver…