Política

El Congreso de las palabras prohibidas

Lo que ocurre hoy en la Carrera de San Jerónimo se resume en un carrusel de insultos, en un esperpento desnortado

Sabemos, gracias al diario de sesiones del Congreso, que Clara Campoamor defendió el sufragio femenino en un intenso debate el 1 de octubre de 1931. Sabemos, gracias al diario de sesiones del Congreso, que Manuel Azaña argumentó que el Parlamento debía ser el «centro de gravedad de la política española» y que lo hizo el 9 de marzo de 1932, en plena antesala de la Guerra Civil, cuando la tensión ambiental empezaba a deslizarse hacia lo irrefrenable. Sabemos, gracias al diario de sesiones del Congreso, que mientras se celebraba el pleno de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, el 23 de febrero de 1981, al silencio que se hizo tras el llamamiento al diputado Núñez Encabo le siguieron un «¿qué pasa?» y el ya histórico «todo el mundo al suelo». Sabemos todo esto y, sabrán las generaciones futuras, también por el diario de sesiones del Congreso, del tono vulgar, ofensivo y marrullero que acompaña al escaso nivel dialéctico de la XIV Legislatura. O no. Quizá no lleguen a saberlo.

Porque ese notario para la historia que son las actas del Hemiciclo, ese reflejo de lo que sucede en la sede de la soberanía nacional, está a punto de sucumbir ante una nueva versión de esa especie de censura que aspira a reescribir los hechos eligiendo los términos o debates más válidos o adecuados, distinguiendo entre lo permitido y lo prohibido. Tentaciones correctoras, como de pequeños demiurgos, a las que está cediendo la presidenta del Congreso Meritxell Batet: en apenas dos semanas ha pedido que se eliminen la palabra «filoetarra», pronunciada por una diputada de Vox en referencia a Bildu, y la acusación de Irene Montero al PP de «promover la cultura de la violación». Un borrado a medias que, en realidad, se mantiene entre paréntesis y con un asterisco que remite a que esas expresiones han sido «retiradas». Un intento de maquillaje, avergonzado a medias, que aspira a distorsionar los hechos sin lograrlo, pero que no debería almibarar un ambiente de decadencia y degeneración en una Cámara cada vez más huérfana de debates de la profundidad y la solvencia intelectual que tendrían que marcar el camino de la España del futuro. Lejos de eso (salvando, por supuesto, a todos los diputados que trabajan a diario con seriedad y rigor y respetan tanto a los ciudadanos que representan como al escaño que ocupan), lo que ocurre hoy en la Carrera de San Jerónimo se resume en un carrusel de insultos, en un esperpento desnortado. Y eso es, precisamente, lo que el diario de sesiones debe reflejar como el más cruel espejo de 2022 para la historia. También, claro, el más fidedigno.