Religion

Año nuevo, abierto a la esperanza

Es necesario dar razón de la esperanza que nos anima a un mundo que nos pide explicación. La esperanza es Cristo

Comenzamos un nuevo Año con verdadera esperanza: Es la esperanza que brota del Niño que hace dos mil años nació en Belén de Judá, de una Madre Virgen: Él es Jesús, Salvador de todos los pueblos, Luz que alumbra a todas las naciones. En el comienzo del año, cual aurora naciente, la Iglesia, en la Liturgia, celebra el misterio de Santa María, Madre de Dios. En la maternidad de María, siempre Virgen, se abre la puerta de la esperanza a todos los hombres. ¡Avivemos, en efecto, nuestra esperanza!: La Palabra eterna “tendió una mano a los hijos de Abraham, nosotros, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de Ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros” (S. Atanasio). El Hijo Unigénito de Dios, bajado del cielo por razón de nuestros pecados y por nuestra salvación, en la plenitud de los tiempos, ha nacido de María Virgen y del Espíritu Santo y se ha hecho verdaderamente hombre. El hacerse hombre se realizó no en apariencia o imaginariamente, sino con toda verdad. Cristo no pasó por la Virgen como por un canal, sino que verdaderamente tomó carne de Ella y en verdad fue por Ella alimentado con su leche; como nosotros comió y como nosotros bebió. En efecto, si la encarnación hubiera sido una simple apariencia, hubiera resultado aparente también la salvación. No es una ficción: “Nuestro Salvador es verdaderamente hombre, y de Él ha conseguido la salvación el hombre entero”, afecta a todo el hombre y a todos los hombres.

Vivimos, por ello, la hora de la esperanza que no defrauda: es la hora de Dios y por eso, hora verdadera del hombre. No podemos vivir en el desaliento o en la desesperanza. Tenemos todos los motivos para la esperanza: El Hijo de Dios, por el misterio de la virginal maternidad de María, su Madre, ha venido en carne a nosotros, se ha hecho uno de los nuestros, nuestra humanidad es la suya: humanidad del mismo Dios. Esta es la gran y siempre nueva y gozosa noticia que alienta a la esperanza: En Jesucristo que vino a nosotros hace dos milenios, Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible, humano. Y se ha manifestado como amor infinito e incondicional por el hombre. Dios, el Misterio que da consistencia a todas las cosas, ¡se ha revelado como amigo de los hombres, unido en una sola carne con el hombre!

Nos encontramos en plena fiestas navideñas y en el comienzo de un nuevo año. Ambas realidades, aunque no igualmente, nos abren a la esperanza. La realidad del nacimiento de Jesús, que nace de santa María, es la gran esperanza para todo el mundo; el misterio de la Virgen Madre, festividad con la que iniciamos el Año nuevo, nos abre a la esperanza grande y total que tenemos en Jesucristo, además de que siempre abrir un año más nos encamina por sendas de esperanza. Cuando se conoce el misterio de Santa María, Madre de Dios, Madre de Jesucristo, todo cambia y se llena de esperanza. Es la esperanza que deseo a todos en este año 2023, es la esperanza que anhelo con todo mi corazón que participemos y comuniquemos a todos, de manera especial entre los jóvenes: la esperanza que brota y nace de la Virgen María, la esperanza inseparable de Cristo que nada ni nadie puede arrebatar a cuantos creen en Él.

Por ello, acudiendo a palabras tantas veces repetidas por San Juan Pablo II, deseo y pido para todos en los comienzos de un nuevo año: “¡No tengáis miedo!¡Abrid las puertas a Cristo, abrid las puertas al Redentor!”. No hemos de tener miedo a seguirle. No podemos tener miedo a anunciarle, a darlo a conocer, a evangelizar. No podemos tener miedo a abrir las puertas de la Iglesia para salir a donde están los hombres y hacer presente, vivo y eficaz, el Evangelio, Jesucristo, en la familia, en la sociedad, en la política, en el trabajo y en el mundo laboral, en la economía, en la enseñanza, en la cultura, en la universidad, en los medios de comunicación, en el amplio mundo del sufrimiento y de la enfermedad, en las zonas cada día más vastas de la pobreza, en fin, en todo lo que afecta al hombre y es humano. No podemos tener miedo a identificarnos con Cristo, a vivir la vida de hijos de Dios, unidos al Hijo Unigénito venido en carne, y encarnar así en nuestras vidas su Evangelio, que es el evangelio de la caridad, de la misericordia, de la reconciliación y de la paz. Es preciso vivir y testificar, transmitir, esta esperanza, Cristo mismo, Dios-con-el hombre, en un mundo desalentado y secularizado, que vive con frecuencia de espaldas a Dios y por eso en contra del hombre; es preciso vivir esta esperanza que nace con Cristo, Hijo de Dios y de María, en una cultura de la insolidaridad y de la muerte, en una pseudocultura hedonista, dominada por el principio del placer que se desentiende del hombre y de sus sufrimientos. Es necesario dar razón de la esperanza que nos anima a un mundo que nos pide explicación. La esperanza es Cristo. La esperanza centrada en Él es la verdad de nuestro mundo, la que hace posible que el hombre sea el camino de la Iglesia y de la humanidad, y no hay otro. De Jesucristo, en efecto, del acontecimiento de su Encarnación y nacimiento, brota el que todo ser humano posee una dignidad y valía inherentes e inalienables, en contra de la tentación actual de establecer la utilidad y el interés como criterio de actuación y de valoración.

Nuestra esperanza y confianza, como cristianos, al comenzar un nuevo año, y siempre, todos y cada uno de los días, en todo tiempo, se centran en Jesucristo, quien para nosotros, naciendo por el Espíritu Santo de María siempre Virgen, es Dios hecho hombre y forma parte por ello de la historia de la humanidad. Tal es precisamente la razón de que la esperanza cristiana ante el mundo y su futuro - un nuevo año abre al futuro - se extienda a cada ser humano. A causa de la radiante humanidad de Cristo, gracias al nacimiento de María, su santa y virginal Madre, nada hay genuinamente que no afecte a los corazones de los cristianos, nada hay genuinamente humano en lo que no hayamos de enraizar esta esperanza que llena de luz y de aliento este siglo XXI, que solo hace dos décadas que ha comenzado. De la fe en Cristo, de la acogida de Él, como le acogió en su seno y dio a luz su Madre Virgen, nace la gran esperanza para la humanidad, raíz de toda paz. Él viene con la paz. Pidamos que traiga y nos dé esa paz suya.