Política

Segundas generaciones

Los padres de la Constitución no se plantearon la organización común como si fuera una empresa, pero aconsejarían una defensa más enérgica y convencida del legado democrático

Cuentan quienes saben que el momento más delicado de una empresa es el de la sucesión, ese en el que se produce el traspaso del poder y debe ser gestionado por alguien diferente a quien puso en marcha el proyecto. Son muchas las estadísticas que ratifican el riesgo: entre el 70 y el 80 por ciento de las compañías sucumben a las transiciones por no asimilar bien el legado o por carecer de un plan claramente trazado. España, es cierto, no es un negocio familiar, ni una sociedad anónima ni limitada, pero sí atraviesa un periodo de cambio. El de la inevitable evolución generacional. El que avalan los 47 años de democracia y los 44 de Constitución. A lo largo de este tiempo no han faltado las crisis, de todo tipo, económicas, sociales o políticas, capeadas cada una de ellas con más o menos fortuna, con más o menos oportunidad; ahora, sin embargo, nos enfrentamos a un trance de naturaleza diferente a los anteriores, más endógeno que exógeno, y que emerge con nitidez: la ausencia de una clara conciencia colectiva que respalde las bondades de los valores del 78.

Hace unos años, después de la Gran Recesión y con la agitación de la nueva política, los impulsos reformistas aspiraban a mejorar lo recibido; no es necesario recordar cómo terminaron aquellos intentos, pero sí resulta interesante volver a ese convencimiento, el de la necesidad de actualización, aunque solo sea para constatar el actual estado de involución. Los descuidos constantes, los deterioros en los procesos y la propia falta de reajustes han degenerado, poco a poco, en un desgaste institucional tal que el asunto pasará a recordarse como el eje central del discurso del Rey de la Nochebuena de 2022. Los padres de la Constitución no se plantearon la organización común como si fuera una empresa, pero, probablemente y con buen criterio, aconsejarían una defensa más enérgica y convencida del legado democrático para no despeñarnos por el precipicio estadístico. Y evitar, de esa manera, la maldición de las segundas generaciones.