Guerra en Ucrania

Guerra «ma non troppo»

Tenemos que recordarnos que atravesamos, en realidad, un choque tan profundo como el que late en la dicotomía democracia-autocracia

«La voz de Putin» ha hablado y ha amenazado con «quemar Madrid». Aunque no solo. La bravuconada del periodista-portavoz oficioso del Kremlin en su incendiaria intervención en la televisión pública rusa también ha alcanzado a otras capitales. En concreto, a todas las de los países que han enviado carros de combate Leopard a Ucrania, convertidos ya en el símbolo más tangible del posicionamiento de Occidente en el conflicto. Y, aunque la propaganda es parte intrínseca de cualquier enfrentamiento bélico (y es ahí y no en otro ámbito en el que hay que enmarcar esas desquiciadas advertencias), lo cierto es que el exabrupto ha puesto el foco, de nuevo, en el rol europeo en la contienda, en ese papel atrapado entre fuerzas que se apuestan su poderío y su hegemonía en territorio ucraniano. Mientras Rusia agita el tablero para intentar justificar su afán imperialista, intentando convencer de que se trata de una guerra «proxy» (pero no, no hay botas militares de terceros sobre el terreno), Estados Unidos aspira a alargar la pugna para debilitar a su perpetuo enemigo de tensiones frías.

Y Europa se debate en torno a la postura a adoptar, sobre cómo contribuir y hasta dónde hacerlo, para no escapar a su responsabilidad histórica, anclada en su impulso reconstructor tras la Segunda Guerra Mundial. Porque aunque veamos el fuego cruzado de Kiev tan inverosímil como hasta hace pocos días lo era que un jubilado de Arganda enviara cartas- bomba prorrusas o tan alejado como esos fogonazos histéricos del cuarto poder «putiniano», no deberíamos olvidar que «no hay ley de la historia que asegure el progreso», como decía Arendt. Y, pese a seguir enredados en debates domésticos (también importantes, claro), tenemos que recordarnos que atravesamos, en realidad, un choque tan profundo como el que late en la dicotomía democracia-autocracia. Que podemos engañarnos y repetirnos que hay guerra «ma non troppo», pero que deberíamos evitarlo para no llevarnos, después, más sorpresas.