Añorados líderes

Margaret Thatcher no va a pasar a la historia precisamente como una gran europeísta, más al contrario lo hará como la artífice junto a Ronald Reagan de ese llamado «eje atlántico» al que después daban amplio recorrido George W. Bush y Tony Blair, con un tercer socio desde la Europa del sur en la figura de un José María Aznar que supo conjugar el respeto de Europa y los lazos con el otro lado del Atlántico.

Y aun siendo una clara euroescéptica, Thatcher marcó, junto a otros dirigentes de la unión, un liderazgo hoy inexistente para preocupación de muchos y que tiene bastante, o todo, que ver con los grandes males de una zona en la que la unión política no ha marchado en consonancia con la económica y monetaria y donde –y esto es lo más alarmante– los ciudadanos comienzan a recelar del proyecto común fijado hace décadas por dirigentes menos centrados en el propio ombligo.

No podemos llamarnos a engaño; crisis como la chipriota evidencian un más que patente cortoplacismo en la Alemania de Merkel. Crisis como la política e institucional en Italia ponen de manifiesto ese desapego ciudadano que rentabilizan personajes como Grillo o Berlusconi y crisis como la portuguesa desnudan la incompatibilidad de constituciones muy garantistas redactadas hace décadas con el tratado y esencia de la propia Unión.

El proyecto común europeo sigue siendo la mejor opción, pero mientras otras locomotoras como la norteamericana ya marchan pidiendo «más madera», la UE sigue estancada debatiéndose en la más calamitosa mediocridad y en la añoranza de aquellos Helmut Kohl, François Mitterrand, Jacques Delors, Felipe González y la propia Thatcher, la «quitaleches», la «pisamineros» o la del «cheque británico», pero junto a los otros, protagonista de un liderazgo político del que hoy se adolece alarmantemente en esta Unión Europea.