Aportaciones de la Iglesia

La semana pasada tuve una intervención en el Club Siglo XXI sobre «aportaciones de la Iglesia en la actual coyuntura» que tuvo bastante eco. Sobre todo en cuanto se refería a una Iglesia pobre y para los pobres, como Dios nos está diciendo por medio del Papa Francisco. Hablé en ese areópago de los tiempos modernos, lugar de encuentro y de diálogo, como lo que soy, como Obispo y pastor de la Iglesia. Por eso sí dije textualmente: «No esperen, pues, ni las palabras de un político o de un sociólogo, ni las de un filósofo, ni las de un economista o un hombre de la cátedra o de los medios, ni las de un ingeniero social. Sólo las de un Obispo y pastor, que ama con verdadera pasión a su Patria y que la ve hoy –como muchos– en una situación que a tantos nos duele y preocupa grandemente; deseo que mis palabras sean sólo las de un hombre de fe que, ante la situación de nuestro pueblo, no quiere pasar de largo de él. Quiero que mis palabras sean las de quien no tiene tampoco ningún poder, pero que, al mismo tiempo, –¡nada menos!– tiene una riqueza única que no puede ocultar, ni silenciar, que es para todos: Jesucristo, y en su nombre, como Juan y Pedro ante el paralítico, decirle a nuestra España, herida por tantas cosas: ‘‘¡Lo que tengo te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!’’».

Muchas veces, cuando me entrevistan periodistas, medios de comunicación, participo en debates o diálogos públicos, me encuentro con las siguientes o parecidas preguntas: «¿Qué es lo que más le preocupa a usted ante la situación que estamos viviendo? ¿Qué es lo que puede y debe aportar la Iglesia ante esta situación? ¿Qué programa trae a Valencia, desde Roma, cuando ha dejado la Ciudad Eterna y vuelve a su tierra natal y al hogar de donde salió hace unos años? ¿Por qué ha dejado usted Roma y ha vuelto a España, no estaba usted a gusto allí?». Incluso unos días antes del Cónclave en que fue elegido el Papa Francisco, ¿qué espera del nuevo Papa que elijan, qué tipo de Papa ve que haría falta hoy en la Iglesia? Mis respuestas suelen ser, porque estoy convencido de ello y ésa es la razón de mi ser y de mi actuar: «Lo que más me preocupa es que el mundo crea, que tenga fe; y esa fe, que es fuente de alegría y felicidad, raíz y exigencia de amor fraterno, base de paz y compromiso con la justicia, ha de ser lo que la Iglesia debe aportar siempre, y más aún en los momentos que vivimos; es esto lo que siempre quise volviendo al pastorea directo: testimoniar la fe y la vida y esperanza que de ella brota, compartirla con los otros, ser pastor conforme al corazón de Dios que comunique esa fe, esa dicha, esa luz, siendo todo para todos, «oliendo a oveja», en expresión feliz del Papa Francisco. No esperaba otra cosa del Papa que Dios eligiese por medio de los cardenales, de los que Él se iba a servir, que fuese un hombre de fe, que nos confirmase en la fe y en la esperanza, que ofreciese el testimonio de que sólo Dios basta, que nos ayudase a fijar y elevar nuestra mirada en Dios, en sólo Dios, que viviese de una confianza grande, total en Él, y así fuese un hombre de las bienaventuranzas, autoretrato del mismo Jesús, que proclaman dichosos a los pobres, a los que sufren, a los sencillos, a los que hacen misericordia, a los que trabajan por la paz, que hacen presente la alegría del Evangelio... Vamos, que fuese un nuevo San Francisco; y así lo repetía una y otra vez, incluso al cardenal Bergoglio días antes de entrar en Cónclave: un hombre muy unido al Señor, al Señor llagado. Es de esa fe que acepta y constituye la Iglesia, Jesucristo, la piedra angular sobre la que se edifica y la que la sustenta, la riqueza que la constituye, decirle con obras y palabras a los tirados por tierra, a los necesitados. A los que no tienen fuerzas para andar hacia adelante: «Lo que tengo te doy, ¡en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda!». Porque esto es lo que necesita España: levantarse, ponerse a andar, caminar, mirar al futuro, labrar un nuevo futuro, con esperanza, juntos. Y la esperanza y el futuro que la Iglesia ofrece no es nada más que Jesucristo, Revelación, Verdad de Dios y del hombre, Luz, Camino y Vida. Y la voz y fuerza poderosa, en cuyo nombre y con cuya luz podría con toda certeza reemprender el camino, y llevar a cabo el proyecto común que nos une a todos e identifica, es, para la Iglesia, el que encuentra su base y más firme cimiento en Jesucristo. Así, como siempre ha sido en nuestra historia: en las mayores y en las más complicadas encrucijadas, en las más terribles desgracias, así como en sus mayores gestas y grandezas.

Aunque pueda resultar tópico y manido, estamos en un momento crucial, en nuestra España, en Europa, en Occidente, en el mundo entero; nos encontramos ante unos cambios muy profundos, cuya profundidad ni siquiera atisbamos aún, que son necesarios, que se están produciendo ya, que afectan a realidades básicas, a las relaciones entre los hombres, en la sociedad, y entre países; estamos ante un cambio cultural que no sabemos bien en qué va a cristalizar; no sabemos muy bien a dónde vamos, faltan proyectos que aúnen voluntades y criterios; en todo caso no es aventurado reconocer y afirmar que se está experimentando una quiebra o ruptura de humanidad, que se trasluce en una quiebra moral, en la emergencia educativa, en las instituciones básicas como la familia, el Estado, la economía, etc. se apodera de nuestro universo cultural un poderoso relativismo que corroe el tejido social y humano. En el fondo de todo ello está la gran cuestión del hombre, y de Dios, la verdad, el bien, la belleza, el amor. Por eso cuestión prioritaria de la Iglesia hoy, y su aportación insoslayable, es la fe en Dios: como Jesucristo que nos trajo por encima de todo a Dios, la Iglesia también ha de traer, aportar, testimoniar, entregar a Dios. Si no hace esto no hará nada significativo. Éste fue el sentido de mi intervención: lo que está a la base de todo: Dios, revelado en Jesucristo. A partir de ahí en el centro de todo, de la aportación de la Iglesia: la adoración, la sagrada Liturgia, la Eucaristía, de donde brota la caridad, la misericordia. El amor con predilección por los pobres. Como hizo el Vaticano II.