María José Navarro

Autoexigencia

Rubén Castro es un buen jugador de fútbol que milita en las filas de un equipo que, particularmente, a una le cae de fábula. De mi simpatía hacia el Betis tiene la culpa un amigo maravilloso, periodista de talento extraordinario que ha contagiado a sus hijos (sobre todo al mayor) la resistencia a hacerse del que gana siempre, a sobrevivir a contracorriente. Castro juega en ese equipo al que me toca seguir algún que otro fin de semana y sin concesiones. En esa familia no se negocia: juega el Betis, hay que verlo. Que cafres hay en todos sitios y sobre todo en todas las gradas es una realidad. Siendo del Atleti ya comprenderán que este panorama no me es en absoluto extraño. Como alguno de Vds seguro que sabe, Rubén Castro está en pleno proceso judicial por presuntos malos tratos y agresión a su ex novia. De eso se ocuparán los tribunales y de momento nada que decir. Ya llegará la sentencia y habrá tiempo de pronunciarse. Una parte de la grada del estadio verdiblanco decidió animar al muchacho cantándole que su antigua compañera era una puta. Y al muchacho le costó un buen rato decir algo al respecto. Primero apeló a la libertad de expresión para justificar los cánticos y luego condenó (parece que obligado por el club) toda forma de violencia. Así, como en genérico. Ha dicho Pepe Mel que es que su delantero no se sabe expresar bien y yo le digo a Pepe Mel que es muy fácil. «Dejen en paz a la que fue mi novia. Ténganle respeto». A ver si empezamos por exigirnos un poquito más todos o acabaremos creyendo que el mayor problema de un presunto maltratador es que es tonto.