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Caballo maldito

Tiempo de lectura 2 min.

13 de febrero de 2018. 18:13h

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13/2/2018

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Pertenezco a la generación de la heroína, también llamada caballo en esa época. Fueron los ochenta. Éramos muy jóvenes y queríamos, como es natural, probarlo todo. Comernos el mundo. Reconstruirlo a nuestra imagen y semejanza. Imagen y semejanza de la insolencia e ignorancia propias de la juventud primera. En la calle había tabaco, alcohol, drogas legales. Pero también había éxtasis, cocaína y... caballo. El hecho de que la heroína tuviera que pincharse en vena, salvó muchas vidas. Los chavales con más cordura o miedo la evitaban. Otros, ya tocados por alguna de las locuras con las que nacemos o nos regala la sociedad, veían en ese gesto de buscarse la vena un acto casi poético. Se compartían agujas y juegos sexuales. No sabían que el SIDA acechaba sus cuerpos frágiles y maltratados. Un grupo grande de estas personitas empezaron a morir enseguida. Puedo contar a muchos amigos desaparecidos. Mi primer novio, un chaval sano de familia próspera, cayó a los treinta. Su hermana se fue antes. Muchos chicos y chicas de esa generación se fueron en ese caballo maldito. Otros acabaron viviendo sin techo, rompiendo el corazón a sus familias, contando los dientes que les quedaban. Pocos sobrevivieron, no sé cómo. Les conozco, hago teatro con ellos en la oenegé Caídos del Cielo, son muy buena gente. Pero están enfermos y, en general, la muerte de la madre, les afecta fatalmente.

Vuelve la heroína, parece que no se la pinchan, se la fuman. Llega igual a su sangre, a su cerebro, a su alma. Nuestro jóvenes de ahora no conocieron a los yonkis, la mayoría no pudieron ser padres. Pero han de saber que las drogas matan. Y ese mal llamado caballo, mata con celeridad. Mata.

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