De locos

La Razón
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Iba a ser un miércoles como otro cualquiera de este invierno, sorprendido por ese cambio climático que juega con las cartas marcadas. Invierno traicionero, adobado de toses, mocos, dolores de garganta, flemas, malestar general y fiebre; molestias que en determinadas fases horarias cura la televisión con una cadena de cuñas y productos milagrosos que tienden a mantener en una ocupación normal las salas de espera de los ambulatorios... Hasta que no hay más remedio que recurrir a las Urgencias. Un miércoles de un invierno menos corriente de lo habitual en el que cualquiera de esos inconvenientes pasaba a un segundo plano porque en el programa vespertino había fútbol en horario razonable.

En las inmediaciones del estadio, fuera del perímetro de seguridad que las fuerzas de orden público estiman cuando hay partido, coinciden en mala hora dos tipos en uno de esos bares cuya razón de ser es el fútbol. Uno, el más joven, indocumentado y sin entrada, ha bebido más alcohol de lo conveniente, «está borracho»; otro, un delincuente común con antecedentes varios y conducta reprobable, «un peligro público», «está pasado de vueltas». Tampoco éste tiene entrada para el partido.

Los dos comparten simpatía por los mismos colores. El que ha pasado menos horas de las debidas en prisión, sospecha que el chico de la camiseta, que sale a la calle, le ha mirado mal. Sin mediar palabra, dicen, le asesta tres puñaladas. Trasciende el suceso, crece la bola y los titulares empañan el espectáculo: «Violencia en el fútbol». ¿Si el incidente se hubiera producido en uno de los bares cercanos al Teatro Real, y la camiseta en vez de ser de un equipo hubiese sido de un tenor o una soprano, eso sería «Violencia en la ópera?» ¿Estamos locos? No hay nada que justifique un acto tan bochornoso, ni siquiera el fútbol. Conviene pues no sacar las cosas de quicio y mantener a raya, eso sí, a los indeseables.