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Don Vicente

Tiempo de lectura 2 min.

11 de junio de 2017. 22:20h

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Antonio Pelayo 11/6/2017

Hace ciento diez años nació en Burriana Don Vicente Enrique y Tarancón; murió en Villarreal hace apenas un cuarto de siglo. Aprovechando una rápida visita a Madrid he querido rendirle un homenaje personal visitando su modesta sepultura en la vieja catedral de San Isidro. La Diputación de Castellón ha tenido la feliz iniciativa de organizar un ciclo de conferencias para reactualizar su memoria. Mañana martes es mi turno y he titulado mi intervención «Tarancón, el cardenal de la Reconciliación».

Preparando esta charla he reconfirmado mi idea de que Don Vicente se había fijado en su vida de obispo, arzobispo y cardenal un doble objetivo: aplicar en España las directrices del Vaticano II y favorecer la reconciliación de los españoles. Había vivido los años finales de la Monarquía, el advenimiento de la II República con su política anticlerical y anticatólica, la tragedia de la Guerra Civil y la durísima posguerra. Esas experiencias le marcaron para el resto de sus días. Llegado con el apoyo del Papa Pablo VI al Arzobispado de Madrid y a la Presidencia de la Conferencia Episcopal Española (diez años de mandato consecutivo), le tocó vivir la llamada «transición» de la España de la dictadura del general Franco a la democracia. Hoy hay quien pretende ignorar o minusvalorar el relevante papel que en ese proceso jugó la Iglesia española y el cardenal Tarancón personalmente. Es un injusticia evidente.

Si se repasan las hemerotecas de aquellos años y, de modo particular, la homilía que el cardenal pronunció en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid el 27 de noviembre de 1975 durante la misa con la que el Rey Don Juan Carlos abrió su mandato en la Jefatura del Estado, resulta evidente que aquella Iglesia ya no era la de la cruzada ni la del nacionalcatolicismo. El cardenal, además, insistió en que la Iglesia no pedía privilegios, sino sencillamente disfrutar de una libertad que le permitiera anunciar el Evangelio a todos los españoles sin distinciones. Algunos han querido enterrar el «taranconismo». El Papa Francisco no comparte esa línea; lo ha demostrado nombrando cardenales a Sebastián, Blázquez, Osoro y Omella.

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