El abandono

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No sé si Vds se acuerdan de cuando tenían diecinueve años. Toda la obsesión de mi madre y de mi abuela era que no me preñara cualquier imberbe que me saliera al camino. Me libré porque jamás he sido objeto de deseo de nadie y porque tenía y tengo siempre tan mal carácter que apenas tenía un público muy borracho, ya saben, y muy de última hora. Si se acuerdan Vds de sus diecinueve años seguramente sabrán que no estaban preparados para casi nada, mucho menos para tener un hijo. Bueno, pero Vd es una mujer y se supone que a esa edad se puede ser madre sin problema como lo han sido muchas justamente en esa etapa de su vida. Sí. Pero ahora resulta que estás sola. No novio, no marido. Ni siquiera lo tienes al bebé en tu país. Vaya Vd a saber si posees permiso de estancia, de trabajo, de residencia. Y entonces, en ese momento, después de tres días de tener a ese bebé en tus brazos, no puedes más. Vives en un piso compartido y no puedes más. Y dejas a tu niña en la puerta de una iglesia. Horas después, eres detenida. A mí me gustaría saber si las instituciones van a pedir cuentas al padre, si se le puede hacer a esa niña una prueba y si se encuentra al padre, qué cuentas se le van a pedir. Me gustaría saber qué clase de horrible acto ha cometido una joven que ha dejado a su bebé en la puerta de una iglesia. No la ha tirado a un contenedor, ojo, la ha dejado en la puerta de un lugar donde sabe que la van a atender. Es mucho mejor pensar que todo el mundo conoce los servicios sociales que ofrece la administración. Es cojonudo. Oiga, perdone, qué ventanilla es la adecuada para dejar a una nena de tres días. Es acojonante. Como si todo fuera tan fácil, como si fuera fácil saber que esa niña estará viva sin ti, sin verla, como si fuera fácil estar huyendo horas después de dejarla en la puerta de una iglesia. Eso le ha pasado a una mujer paraguaya en Madrid y la detuvieron. Si no saben ponerse en su lugar, al menos no le jodan la vida. Para que luego digan que estamos mujeres y hombres a la par. Y encima es nena. Suerte, beba. Y recuerda que tu mamá te dejó tapada y calentita. Que no se te olvide nunca.