Alfonso Ussía

«El explotador y la gentuza»

La Razón
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Para la izquierda resentida y descerebrada, todo empresario es un explotador del pueblo. Lo mismo un pequeño empresario que comercia con piedras pómez que un creador de decenas de miles de puestos de trabajo. En la economía de libre mercado, el empresario es el que sostiene con sus inversiones la esperanza de la sociedad. En las dictaduras de izquierdas, el Estado se convierte en empresario único, facilitando el enriquecimiento súbito y fascinante de los tiranos y la ruina de sus ciudadanos.

España, durante el franquismo, fue una dictadura de derechas que terminó en dictablanda. Nos recuperamos de una guerra civil, nos salvamos de una Guerra Mundial, se creó riqueza y puestos de trabajo, se pagaban impuestos ridículos y al morir Franco dejó una nación con una clase media dominadora, esa clase que mantiene el entretejido social que en España no abundaba con anterioridad al enfrentamiento entre españoles. Y con esos impuestos ridículos se construyeron carreteras, pantanos, pueblos, barrios y toda suerte de obras públicas. No se robaba. Cuando se oían voces de abusos o enriquecimientos de algún ministro, la carta que anunciaba el cese inmediato no tardaba en llegar. Días atrás falleció José Utrera Molina, un político leal a sus ideas, que convirtió los suburbios sevillanos en barrios populares construyendo miles de pisos. Y el almirante Carrero Blanco, asesinado por la ETA, y el general Muñoz Grandes borrado su nombre por la Ley de la Memoria Histórica, los colaboradores de Franco que acumularon más poder político en cuarenta años, fallecieron sin un duro en sus cuentas corrientes. El general Muñoz Grandes, siendo vicepresidente del Gobierno, se movía por Madrid al volante de su Seat Seiscientos.

Las izquierdas descerebradas odian la honestidad y el trabajo. Con la honestidad pierden sus argumentos, y con la generosidad del empresario se quedan sin palabras. Abominan de Amancio Ortega, un hombre del pueblo humilde que se ha convertido, gracias a su inteligencia, tesón y trabajo en uno de los empresarios más ricos del mundo. Explotador, le dicen. Siempre que Amancio Ortega da muestras de su sensibilidad social mediante donaciones y ayudas, surgen de los estercoleros podemitas críticas y descalificaciones. No hace mucho, donó más de cien millones de euros para invertirlos en la investigación de enfermedades oncológicas, y aún así le siguen llamando explotador. Parece que no le afecta, afortunadamente. Hoy hemos sabido que su Fundación, la Fundación Amancio Ortega, se dispone a donar 15.000.000 de euros a la Sanidad vasca para adquirir cinco nuevos aceleradores lineales de radioterapia que se instalarán en los Hospitales Universitarios de Cruces, San Sebastián, Basurto y Txagorritxu. Con toda probabilidad, los socios y amigos de Podemos en las provincias vascongadas, Bildu, Sortu y los restos de la ETA, se indignarán con el empresario gallego, que en lugar de chantajear, herir y matar a sus compatriotas, les regala una importantísima cantidad de dinero para que sus futuros sean más saludables y esperanzados.

Amancio Ortega acude todas las mañanas a trabajar a su empresa. Podría, como Zapatero, convertirse en un intérprete de nubes tumbado sobre la mejor hamaca del mundo. Él, sus hijas, sus nietos, y hasta sus tataranietos cuando a éstos les llegue la hora de nacer. Su primera mujer era la más rica de España gracias al esfuerzo de su marido, y también dedicó considerables porcentajes de sus legítimos bienes a obras sociales.

Las pataletas podemitas contra Amancio Ortega son buenas. Nos demuestran la grandeza de este gran español y ellos quedan a merced del ridículo. Pobre gentuza.