El pacto entre bambalinas de Sánchez y Rivera

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El acuerdo PSOE-C’s, escenificado de manera solemne en las Cortes, busca un objetivo. Pedro Sánchez sabe que su investidura no avanza y que todo puede desembocar en elecciones. Ahora bien, cree que esta vez son las suyas... y las de Albert Rivera. Y en eso están: en dejar correr el reloj para llegar de la mano a las urnas. Hoy por hoy, en la opinión pública, son los políticos de nuevo cuño representantes de los tiempos modernos de Felipe VI. Y la foto de ambos bajo «El abrazo» de Juan Genovés, tras su acuerdo en la sala Constitucional del Congreso, buscó robustecer esa imagen. ¿Política de gestos? Sin duda. La «democracia de audiencias» pide paso a la de partidos.

Sánchez y Rivera reivindican el centro (centro-izquierda versus centro-derecha) desde el que golpear a Mariano Rajoy y a Pablo Iglesias. En eso consiste su pacto. Propuestas avanzadas en lo social –reformas democráticas, igualdad, lucha contra la corrupción, laicismo– pero confusas en lo económico. Naturalmente. En sus numerosas conversaciones discretas, el secretario general del PSOE y el presidente de C’s asumieron que sus caladeros de votos están en el centro. Y que su concertación puede permitirles asaltar con ciertas garantías el fortín de populares y populistas.

Las tripas del CIS colocan al PP muy escorado a la derecha. Los españoles lo perciben casi como cuando Fraga lideraba la vieja AP: en el 8,6. A Podemos le ocurre lo mismo pero en el otro lado, la mayoría lo sitúa en la extrema izquierda. El centro es terreno reservado a PSOE y C’s. Más del 60% ve a los socialistas entre el 3 y el 5 sobre 10 en una escala en la que el 1 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. A la vez, el 50% sitúa a los «naranjas» entre el 5 y el 7 en esa escala. Si la pinza les saliese, Sánchez aglutinaría el centro-izquierda en el imaginario colectivo, al tiempo que Rivera lo haría con el centro-derecha. Cada uno en una competición a cara de perro con Podemos por un lado y el PP por el otro.

Este acuerdo es un laboratorio de pruebas tanto para PSOE como para C’s. Porque, además de ahogar turbulencias internas, tendrán que dedicarse a trasladar a los españoles de forma convincente que hay una solución a los males de España (solución a la que hoy los números no le salen) cuya clave está lejos del PP, Podemos y los nacionalistas. Desde este punto de vista, los 7 millones de votantes de Rajoy no se merecen los juegos florales de Albert Rivera. Ni mucho menos recibir el sectario trato de Pedro Sánchez. Pero tampoco las extravagancias de Rafael Hernando tildando a Sánchez de «ZPedro» y a Rivera de «pichón».

El PP no puede seguir en la deriva de ser siempre el chico más antipático y «sobrado» de la pandilla. Hoy en España prima la disposición a la convergencia. Y según avance el tiempo, aún más. No se desea la polarización. Se la teme. Por eso nadie va a mejorar su posición desde el extremismo político.