El periodismo de García Márquez

Felipe González tomó posesión de La Moncloa y al día siguiente acudí a felicitarle y desearle suerte porque me marchaba a América. En un sofá ya estaba repantingado Gabriel García Márquez que debía ser el primer visitante. Gabo coleccionaba personajes políticos aunque luego no escribiera sobre ellos, y nunca renegó del castrismo, como sus mejores colegas iberoamericanos, manteniendo una amistad de compadres con Fidel. Creo que era el instinto periodístico que jamás le abandonó y que te hace aproximarte a los que están haciendo Historia por si un día el conocimiento te hace falta para la página de Opinión. Igual que el «realismo mágico» ya estaba en Miguel Ángel Asturias e incluso en Borges, el «nuevo periodismo» de Tom Wolfe, Gay Tales o Truman Capote, ya estaba en el naciente redactor de sucesos de «El Espectador» de Bogotá. Viviendo en América descubres que el «realismo mágico» sólo es la catalogación de los críticos, porque los escritores de esa acepción son hiperrealistas y la magia sólo se encuentra en el paisaje y sus gentes. García Márquez podía pasar una jornada con cinco líneas y tardar días en encontrar una primera frase, como el que lucha por el titular de primera a cinco columnas. «Relato de un naufrago» es un reportaje de sucesos de cuando Gabo era un becario y vivía de pensión. Leído en libro resulta sorprendente que fuera un téxto periodístico escrito entre las prisas y los humos de una redacción. La misma impresión causa la «Crónica de una muerte anunciada», y esa mecánica periodística cruza toda su obra. Sabía conciliar magistralmente el acariciante metrónomo con el furor de la rotativa. Otro escritor periodístico como Francisco Umbral no resistió el pase de la máquina de escribir al ordenador («Me cambia el estilo») pero Gabo superó el cambio tecnológico desarrollando su obra en el demonio con pantalla que procesa los textos destruyendo cualquier intento poético. Es bizantino si fue escritor o periodista: es el mejor periodista de todos los tiempos.