El Rey y sus gestos

El Rey domina el lenguaje gestual en el saludo. Sólo mano con seriedad, distancia. Sólo mano con sonrisa, cercanía distante, aunque parezca una contradicción. Mano, con toque de su otra mano en el codo del saludado, afecto medido. Si la otra mano sube hasta el bíceps, afecto constatado. Mano sobre el hombro, gran afecto. Y abrazo en público, evidente demostración de amistad. Con Mas, el Rey ha inaugurado oficialmente un nuevo gesto. El del acercamiento hacia el recibido con el deseo controlado de propinarle una colleja. –¿Cómo está?–; –bien, gracias–. Wodehouse lo habría descrito de este modo «Evidentemente, no eran dos corazones latiendo al unísono».

Me figuré el siguiente tramo del encuentro. –Me alegra verlo personalmente, «Majestat»–; –Me extraña, porque usted ordenó cubrir mi retrato en el Parlamento de Cataluña–; –fue un error de los encargados del protocolo–; –si le parece, nos sentamos y me cuenta lo que ha venido a decir–; –pues eso, «Majestat»-; –¿Qué es eso?–; –ofrecerle señales de entendimiento–; –Ah–.

El Rey, por muy preocupado que esté, domina el arte de la abstracción. No fue un amanecer agradable el del pasado jueves, atiborrado de novedades más que alarmantes. Alguna de ellas le afectaban directamente en su sensibilidad personal, y otras en su condición de Rey de un Estado gobernado y opositado con lacerantes casos de corrupción. El Rey tiene el derecho a mostrarse cariacontecido, pero en su encuentro con Mas la procesión iba por dentro. Ante Mas, el Rey quiso ofrecerle su mejor interpretación del cabreo nacional. Estaba obligado a recibir a quien lleva meses insultando a España, menospreciando a su persona y humillando a decenas de millones de conciudadanos, y no estaba el horno para bollos. Su gesto no daba lugar a otras interpretaciones. No se lo dijo, porque el Rey además de bien educado, está obligado a comportarse. Pero los que poco o algo lo conocemos supimos interpretar su representación gestual. Probablemente lo trató de «usted» que en la Familia Real es la fórmula para manifestar la desconfianza y el desafecto. –Mi obligación es recibirlo y la cumplo, pero si por mí fuera, le partíría una de las muletas en su tupé–.

Se deduce por las declaraciones posteriores que Mas no se atrevió a mostrarse gallito. Y un asunto tan enrevesado como es un plan de secesión de un Estado para crear otro, no se despacha en treinta minutos. Mas ha reconocido que pidió ayuda al Rey para conseguir la ampliación del margen del déficit catalán. Eso es lo contrario que hablar de independencia y soberanía de un nuevo Estado europeo. Y se puso cursi al final, como es habitual en quienes llevan la cursilería en los huesos. «El encuentro con el Rey es un regalo de trabajo, de cortesía y de diálogo». En resumen, que mucho farol y poca chicha.

Las conversaciones privadas de los Reyes y Jefes de Estado en las audiencias sólo alcanzan el dominio público si uno de los dos interlocutores se va de la lengua. Don Antonio Garrigues, siendo embajador de España ante la Santa Sede, consiguió que el Papa Pablo VI, nada amigo de Franco, aceptara visitar España. Y Franco le concedió una audiencia para matizar el objetivo y los preparativos de la Papal visita. Una hora de conversación. Uno de sus hijos se interesó por el contenido del encuentro. –Pues me ha recomendado que en los colegios tiene que haber más campos para practicar deportes. Y al final, en la despedida, me ha dicho. –Gracias, embajador, y de lo del Papa, ya hablaremos-.

Para el que quiera entenderlo.