En Mount Vernon (I)

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El verano es duro en el sur de Estados Unidos y acabo desplazándome unos días a Washington, lejos del calor y continuando con la documentación de mi último libro. Como sucede con Madrid, Washington disfruta de una ubicación geográfica envidiable. Quien visita Madrid, sabe que Toledo, Segovia, El Escorial, Aranjuez o La Granja están casi a tiro de piedra por no decir Córdoba o Sevilla. Washington no está cerca de Nueva York, San Francisco, Dallas o Miami, pero sí de Richmond, Gettysburg o Mount Vernon. En este lugar, vivió buena parte de su vida George Washington, el primer presidente de Estados Unidos. Sin duda, hay lugares que constituyen un reflejo de sus habitantes. Fue el caso de El Escorial, de Monticello o de Versalles. También lo es de Mount Vernon. Washington fue un hacendado notablemente emprendedor. Ensayó nuevas formas de explotación ganadera; cultivó árboles de clima tropical y para protegerlos del frío invernal de Virginia levantó una casa especial; carecía de medios para construir con piedra y recurrió a la madera y a un tipo de cobertura que daba la apariencia de ser, efectivamente, piedra; avanzó considerablemente en la fabricación de bebidas espirituosas... Cuando se pasea por los bosques, los campos, los jardines, los edificios que Washington puso en funcionamiento a partir de un modesto principio no puede dejar de sentirse admiración por su tesón y su laboriosidad. Sin embargo, Washington arriesgó todo para asumir el mando del ejército continental que se enfrentó a las tropas británicas. No fue, a pesar de sus antecedentes en el ejército, un militar relevante y así lo hicieron constar una y otra vez sus enemigos que intentaron en repetidas ocasiones destituirlo. Washington comprendió que bastaría con aguantar los ataques británicos mientras las marinas francesa y española impedían que llegaran refuerzos. Al final, los casacas rojas, sin poder recibir ayuda de la metrópoli, no tendrían otra salida que la rendición. Yorktown y Saratoga fueron victorias americanas, pero gracias a la ayuda indispensable de los marinos franceses y españoles. Tras la victoria militar, Washington hubiera podido proclamarse rey o dictador. Sin embargo, prefirió retornar a Mount Vernon y pedir que se pagara a los combatientes. Si regresó a la política fue porque comprendió que, tras la independencia, Estados Unidos podría disgregarse a causa de los movimientos centrífugos de los estados. La única salida frente a ese drama era la creación de un poder ejecutivo fuerte que uniera a la nación en un destino común. Pero ésa es ya otra historia.