Feliz 1914

Si la noche del 27 de junio de 1914 el joven Gavrilo Princip se hubiese emborrachado hasta perder el conocimiento para celebrar que, al fin, era correspondido por la mujer más hermosa que había en Sarajevo, la historia de Europa –incluso más allá– habría sido diferente. Pero nada sucedió a su alrededor que interrumpiese su plan de asesinar al día siguiente al archiduque austrohúngaro Francisco Fernando, que con tanto empeño persiguió, pese a su corta estatura, escaso peso y facultades físicas mermadas por la tuberculosis. Fue él, al final, quien descerrajó el disparo que precipitó la llamada Gran Guerra. Está extendida la opinión de que aquel acontecimiento abocó a todo el continente a una guerra que dejó seis millones de muertos, pero ahora nuevos estudios sostienen que, además de la demencia de Princip (quiso ser quemado en la cruz para alumbrar a la Gran Serbia), la ineptitud de los gobernantes y militares fue el factor decisivo para desencadenar aquella carnicería. Francia se prepara para celebrar el centenario de este acontecimiento que ellos llaman con toda la «grandeur» la Gran Guerra. Alemania, la otra gran potencia, no quiere ni oír hablar de un conflicto que ocupa un espacio residual en sus libros de textos. Para ellos, la Gran Guerra fue la Segunda, un producto de la del 14, con la que han demostrado que el derrotado puede volver de nuevo a tener el mando. Rusia tampoco se dispone a montar coreografías militares. La historiadora Margaret MacMillan dice en «De la paz a la guerra» (Turner) que la torpeza del zar al implicarse a fondo en un momento en el que Rusia se desarrollaba económicamente propició algo fundamental en la historia del siglo: el triunfo de la revolución bolchevique y más de sesenta años de régimen de acero. El joven Princip no encontró nada aquella noche de verano que le distrajese de su objetivo y ahora nos encontramos celebrando la muerte de millones de personas, mientras Alemania, el país más rico y organizado, como hace cien años, evita convertir Europa en su imperio.