Hasta el moño

La Razón
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No tengo moño. No obstante, estoy hasta el moño de la política. Me aburre, me hastía y me encocora. La Semana Santa –para nosotros, los cristianos–, y el Período Vacacional de Primavera –para los otros, pero no todos–, puede aliviar el barullo mental que la política procura, pero no viajo hacia el norte de España con optimismo. No hago caso de los refranes, algunos de ellos de supina necedad, pero el de «abril, aguas mil» me desmoraliza. En la Semana Santa las playas norteñas conservan su digno empaque invernal, y todavía se puede pasear por sus orillas. El Cantábrico es más respetuoso con el calendario que el Mediterráneo, que sólo admite dos estaciones. El verano y el invierno. En la lengua verde y húmeda del norte, el otoño cambia de colores sus valles y montañas, el invierno es lo más parecido a una vida detenida, la primavera combate con el mal tiempo para iniciar los renuevos y el verano es una delicia, sólo interrumpida por el pelmazo veraneante que habla de política. Las vacaciones no se pueden alterar con obligaciones pedantes. Las charlas durante las vacaciones exigen la sonrisa y la superficialidad. Los grandes enemigos del descanso ajeno son los propietarios de barcos y los que organizan eventos culturales aprovechando la visita de los foráneos. En Semana Santa los propietarios de barcos no son peligrosos ni excesivos. En verano, terroríficos. Se aburren en sus barcos, llegan a puertos y calas, y desembarcan para cazar al vuelo a gentes tranquilas y apacibles que no desean, bajo ningún concepto, embarcar. Y ese pelma estival, que aprovecha la distracción de quien disfruta en una terraza de su ginebrita y sus bocartes, e irrumpe por la nuca blandiendo una invitación para asistir a un concierto o una exposición de pintura, merece, como poco, ser lanzado a una ría sin ánimo de salvamento posterior.

Me hallaba tomando el aperitivo una mañana en la Rabia de mis amigos Herrera en compañía de otros amigos que disfrutaban de la maravilla, cuando se sentó a mi lado un individuo de alta peligrosidad cultural. Mientras el genial conde de Labarces nos narraba sus desventuras marineras a bordo de su «Zodiac», el individuo peligroso me preguntó de sopetón. -¿Qué tienes contra Manuel de Falla?-. –Sencillamente, que su obra me aburre y que «El Sombrero de Tres Picos» tiene delito-; -pues mira...-; -no tengo nada que mirar. Déjame en paz. Estoy de vacaciones-.

En cuarenta años he conseguido que cincuenta pelmazos pedantes e inoportunos no se sienten en mi mesa. Pero son pocos. Quedan otros tantos que insisten. De extremado riesgo son los coñazos que no se han apercibido de su condición. Hay uno que me habla mucho de la depurada ingeniería de la red de alcantarillado de Venecia. Muy depurada, pero Venecia huele a rayos. –Hombre, claro, pero te voy a explicar...-; - no me interesan tus explicaciones. Déjame en paz. Estoy descansando-.

Aborrezco el teléfono móvil, y prueba de ello es que tengo una antigüedad que sirve tan sólo para llamar y ser llamado. Pero contra los tostones inoportunos se convierte en un gran amigo. –Perdona, me llama el Rey-. El pelmazo se queda helado, mientras escapo de sus garras. Días después – no falla-, se acerca y pregunta. -¿Qué quería el Rey?-; -nada, que está preocupado porque en España no hay ninguna ciudad que tenga una depurada ingeniería en la red de alcantarillado, como la de Venecia-. Y no lo capta. – Es que no tiene razón de ser-, comenta mientras se aleja preguntándose si será sincera o no la preocupación de Su Majestad.

Hacia ellos voy. No hablaré de política, ni asistiré a concierto, exposición o conferencia alguna, y si un pelmazo se sienta en mi mesa sin haber sido invitado a ello, con toda seguridad, me llamará el Rey.