La bestia, fuera de la jaula

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Ya está mayor, pero cuidado, no se acerquen a él. Está libre. Mantengan a los niños alejados y a buen recaudo. Me informan mis amigos cazadores que nada hay más peligroso que una vieja hiena o un cochino arocho de Sierra Morena cuando pierde la juventud. La Justicia buenista de España le ha abierto la jaula. Recomiendo precaución a los pescadores del Muelle y a los agricultores que plantan y recolectan el maiz en las laderas de Igueldo, Ulía o el Jaizquíbel en la agonía de agosto. Y cuando septiembre nos alcance, extenderé el aviso de alarma a las jóvenes que llenan sus cestas con moras silvestres para hacer las maravillosas mermeladas caseras. Detrás de cada matorral puede estar la bestia dispuesta a todo. La bestia ha engordado y perdido su agilidad, pero su odio no ha menguado, aunque ahora entienda la tragedia del dolor a la vista de su pequeño hijo, que de nada tiene la culpa y al que deseo que viva y sea libre y feliz sin encontrar en su camino a un criminal como su padre. Las bestias también aman. Ahí la imagen de Stalin besando con amor a su hija Svetlana, y ahora contaré lo de José Manuel Lara padre, el fundador. A Hitler, a Himmler y a Goebbels acariciando niños con el fondo de montañas bávaras. A Henri Parot, abrazado a su hijo pocos días antes de intentar la masacre de Sevilla. A Urruticoechea, «Josu Ternera», abrazado a sus crecidas larvas cuando abandonó la cárcel. Los asesinos también aman, pero desprecian el amor de los demás. Y lloran, pero no reparan ni les importan las lágrimas de sus víctimas. Y lo de Lara, que a cuento viene. Le llamaba a Svetlana Stalin «la zorra Svetlana». –¿Por qué, José Manuel?–. –Porque ha sido mi mayor fracaso. Cuando escribió sus «Memorias» me gasté un dineral en comprar los derechos de su publicación. Pero un dineral de los de antes. Y no vendí ni cien ejemplares. ¿A ti te parece que a eso se le puede llamar buena educación?–. Cuando le hice ver que uno de los cien compradores había sido yo, me mandó un «Dupont» de oro.

Lasarte, condenado a 400 años de cárcel. No hay estupidez mayor que esa acumulación de años de condena que posteriormente en casi nada queda. Lasarte, la bestia, miembro «legal» del sanguinario «Comando Donosti». Responsable de siete asesinatos hasta 1996, de los cuales fue el autor material en dos de ellos. Lasarte, asesino del empresario José María Olarte. Lasarte, asesino del brigada del Ejército Mariano de Juan. Lasarte, asesino del empresario José Antonio Santamaría. Lasarte, responsable del asesinato por la espalda, con disparo en la nuca, del dirigente del PP vasco Gregorio Ordóñez. Y aquella pregunta cínica del obispo Setién a la gran María San Gil: –¿Dónde está escrito que a todos los hijos hay que quererlos por igual?. Setién se opuso a que el funeral de Gregorio Ordóñez, representante del pueblo soberano en el Ayuntamiento de San Sebastián, se celebrara en la catedral del Buen Pastor «por motivos políticos». Lasarte, jefe del «comando» que asesinó al policía municipal Alfonso Morcillo, y autor del asesinato del Jefe de la Policía Judicial de San Sebastián, Enrique Nieto. Lasarte, asesino del abogado Fernando Múgica Herzog, hermano de Enrique, en plena calle, a las puertas de su casa en San Sebastián. Esta es la bestia que ha salido de la jaula y disfruta de plena libertad. Lasarte.

No lo tomen a broma los buenos donostiarras, que los hay a puñados. Ahora está escondido, no se sabe dónde. Pero volverá a pasear por las calles de San Sebastián y a tomar sus vinos con pinchos en la Parte Vieja. Se asomará a la belleza de la bahía y profanará con sus garras ensangrentadas los jardines de Ondarreta o Alderdi-Eder. Cuidado con él. Las bestias envejecen y engordan, pero siguen siendo bestias hasta el fin de sus días. Precaución con los niños. Mucha precaución.