La consagración de Obama

Para un presidente de Estados Unidos, la ceremonia de juramento de un segundo mandato es el momento cumbre de su carrera y probablemente de su vida. Significa que las estrategias puestas en marcha mucho antes de su llegada a la Casa Blanca han cuajado en un renovado apoyo electoral. Bien conducido, este apoyo puede llevar a un cambio social y político duradero. Ahora sí que el presidente tiene la ocasión de hacer historia, con mayúsculas. Y Obama, como es lógico, se dispone a hacerla.

La clave de la nueva América lo constituyen las minorías, a las que el presidente ha hecho algo más que dar voz. Les ha dado el protagonismo, ha hecho de ellas el cimiento de su reelección y, en una lección de gran estrategia política, el fundamento de la nueva América. No es sólo que se haya consolidado la coalición de jóvenes, mujeres, afroamericanos, hispanos y clases adineradas que le llevó a la presidencia en 2008. Es que ahora, en Estados Unidos, es el concepto mismo de minoría el que constituye el eje de la vida social y política. Desde este punto de vista, todos son (o somos) minoritarios, y nadie responde exactamente a un patrón de normalidad. Así que una vez que este patrón se ha derrumbado como modelo, cualquier intento de reconstruirlo es percibido como voluntad de imponerse a los demás y –lo que es aún peor– de imponer a los demás una falsificación. Nadie cree ya que ninguna persona –por muy blanca, heterosexual y religiosa que sea– responda de verdad a ese canon.

A Obama se le reprocha la agresividad contra sus adversarios políticos, una acusación fundada. Ahora bien, es la naturaleza misma del discurso de Obama la que está basada en la sospecha. Cualquier intento de restaurar una unidad que vaya más allá del marco general que permita y anime la diferencia es percibida como un fraude que esconde intenciones aviesas y turbias. Esta posición la comparte hoy la mayoría de la sociedad norteamericana.

La otra vertiente del segundo mandato de Obama es el económico. La solidez de la base social conseguida le va a permitir profundizar en la expansión del Estado, con regulaciones, subidas de impuestas, endeudamiento y déficit. Es muy dudoso que esta política conduzca a un crecimiento intenso, sobre el 3 o el 4%, que es lo que la economía norteamericana necesita. Aun así, los republicanos se equivocarán –como se equivocaron en la pasada campaña electoral– si creen que la economía lo va a ser todo.