La moda de las tetas

Una activista de Femen se ha desnudado durante la celebración de la Misa del Gallo en la catedral de Colonia. «Yo soy Dios», se leía en el emporretado torso de la atractiva golfa. ¿Qué buscaba con ello? Una foto y publicidad. A nadie le ha escandalizado la mayúscula majadería. Otra, en Madrid, se ha desnudado a las puertas de una iglesia. Como se pongan de moda las exhibiciones mamarias en las puertas de los recintos religiosos van a conseguir lo contrario de lo que persiguen.

El inolvidable Alfonso Sánchez, columnista del diario «Informaciones» y crítico de Cine en Televisión Española, fue detenido en la calle por unos niños que lo reconocieron. –¿Usted es el del cine?–; –Soy el del cine–; –¿Y por qué no pone nunca una película de tetas?–. Alfonso Sánchez no consideró conveniente explicar a los niños los pormenores de la Censura, y además tenía prisa.

–Algún día no le daréis importancia alguna a las películas de tetas–.

Resulta muy antiguo y grotesco pretender reivindicar las cosas a tetazos. Los pechos femeninos dejaron de ser noticia y secreto cuando las playas se llenaron de mujeres en «topless». Me acusarán de elitista, pero mucho más mérito tuvo el duque de Bedford con su heroica acción en el club «Brook & Woodles» de Londres. Acudió a cenar sin corbata una noche de calor de julio londinense, que es un calor desagradable y pegajoso. No se lo permitieron a pesar de su antigüedad como socio y su habitual presencia en el noble recinto. Y le mostraron el artículo tal y tal del reglamento interno. «Imprescindible la corbata para acceder al Club». Bedford aceptó su situación y presentó sus disculpas. Al día siguiente, y a la hora de comer, se presentó en el Club con una gabardina. Se la quitó. Iba desnudo, con medias altas, elegantes zapatos y una respetable corbata anudada al cuello. Y se tomó la copa en pelotas en el bar, comió en pelotas, tomó el café en la Biblioteca en pelotas, y cuando se cansó de estar en pelotas, tomó la gabardina y fuese. Había cumplido con el Reglamento. «Imprescindible la corbata para acceder al Club».

Eso es ser un héroe y no enseñar las tetas en lugares en los que se reúnen gentes pacíficas y educadas que están acostumbradísimas a ver tetas, e incluso, a enseñarlas cuando se les antoja hacerlo. Harían bien en buscar algo más de originalidad estas chicas de Femen para llamar la atención. Intentar provocar mediante la grosería y la falta de respeto a los demás es poco productivo. Y como principié el texto, muy antiguo y descolorido, como las películas españolas en tiempos de la Transición. Cuando yo era niño, el guardia urbano Garaizábal, custodio de la moral y las buenas costumbres en la playa de Ondarreta, imponía severas multas a las mujeres que no llevaban una faldilla acoplada a su traje de baño. En mi juventud se permitió el biquini, pero los biquinis de aquellos tiempos eran menos inductores al pecado que un uniforme de bombero. Y sí. En aquellas calendas, desnudarse en público y en la puerta de una iglesia era acción de gran valentía. De gran valentía y osadía, por cuanto el varón hispano no estaba acostumbrado a tan agradable espectáculo gratuito. Pero ahora, lo de enseñar las tetas es un acto de estupidez extrema. La gente ve los pechos y lo más que hace es establecer comparaciones, que pueden resultar odiosas para las activistas de Femen. Falta de respeto y de educación. No llaman la atención en absoluto. Son antiguas y reaccionarias.

Provocar a personas pacíficas, educadas en el perdón, es una golfería. Lo heroico sería que se desnudaran ante una mezquita –la de M-30 de Madrid, por ejemplo–, y mostraran sus tetas con las inscripciones «Yo soy Alá» o «Yo soy Mahoma». Pero no hay ovarios, nenas de Femen, no hay ovarios. Vale.