María José Navarro

Ocho

No, por si ya era poco caldo, dos tazas más, ocho en total. No había más equipos, no, tenían que ser de nuevo los vecinos, teníamos que jugar de nuevo contra el Madrid en Champions, ocho veces ni más ni menos, ocho, en una temporada. Ocho partidos en un año, y de los ocho no apetece ninguno: ocho partidos como ocho veces que va una al dentista a quitarse una muela, ocho bautizos vestido de tiros largos bajo el sol abrasador de julio, ocho conversaciones cara a cara que una está harta de tener. Ocho nuevos partidos precedidos de ocho días insoportables de rumores, provocaciones y fanfarronadas mutuas, con ocho días posteriores de foticos graciosas en Internet, chistes fáciles sobre los fallos del rival, análisis forofos de supuestos analistas neutrales. Ocho, ocho apellidos madrileños, ocho formas de acabar con la paciencia de Job y hasta de Badabawan Mandarrossasassandra, el Santo Niño de Calcuta al que alumbró Moncho Alpuente, que se nos fue antes de tiempo. No había más equipos, no, qué va. No podían haber tocado unos franceses, unos italianos a los que ya ganó el Atleti sudando tinta china, unos alemanes con los que el Atleti tiene una deuda histórica, no podíamos haber tenido ocasión de pasar en el Calderón un día bonito con otra afición rival de un equipo que nunca haya venido antes a vernos. Qué va: tuvo que ser el Madrid, qué pereza más grande nos da a todos. Más pereza que el rosario de elecciones que se nos viene encima, con sus correspondientes análisis sesudos con gráficos de tartita, más pereza que el enésimo Rajoy-Resto del Mundo. A veces, qué cosas, no da igual ocho que ochenta.