Príncipe de principios

Así como Don Juan Carlos hubo de ganarse a pulso la Corona diciendo tres veces «No» (a su padre Don Juan para ser Rey, a Franco para serlo de todos los españoles y a los militares golpistas para vacunar a la democracia de espadones), Don Felipe, que hoy cumple 45 años (a quien Dios guarde y yo que lo vea), necesitará someter su herencia a un triple «Sí»: el de los jóvenes que hoy rechazan la Monarquía; el de los nacionalistas insaciables; y, el más importante, el que deberá refrendar la reforma de la Constitución que parece inevitable en pocos años. Si el plebiscito de 1978 supuso la aceptación popular de la restauración monárquica, la próxima consulta constitucional será la que legitime directamente por las urnas su continuidad en la persona de Don Felipe. De ese modo, al menos durante otros 30 años, la Jefatura del Estado estaría a salvo de vaivenes políticos o de peregrinas veleidades republicanas. No obstante, a diferencia de su padre, que tuvo que improvisar como un funambulista sobre el alambre sin red de la democracia, el Príncipe parte con dos enormes ventajas: la solvencia de una Corona que ha cumplido impecablemente su misión constitucional y su propia personalidad forjada entre dudas y soledades. Un tipo serio, del que te puedes fiar aunque se equivoque, y un profesional riguroso. De haber heredado una tienda o una finca de frutales no sería muy distinta su actitud vital de mejorar el negocio. Como escribió espléndidamente aquí Graciano García, quien tan bien le conoce, Don Felipe tiene claro de qué va el empleo y del pico y la pala que requiere cada día. Encima le gusta. Un Príncipe de principios que no posee más armas que su integridad moral, su lealtad al compromiso adquirido y su perseverancia en cumplir con el deber. Nadie le dijo que fuera fácil.