¿Quo vadis Europa? (y IV)

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La escena se repite un día sí y otro también. El escenario es la plaza donde se encuentra La Fontana de Trevi. El jueves por la noche estaba llena de gente, jóvenes en una gran parte, que hablaban en inglés, francés, español, alemán y, por supuesto, italiano. Una auténtica Torre de Babel. Muchos de ellos eran los herederos de aquella generación que protagonizó la creación de la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), plasmada en los Tratados de Roma, que se firmaron en la capital italiana tal día como hoy, hace la friolera de 60 años. Desde entonces ha reinado la paz en la Europa occidental y parte de la central y el nivel de vida no ha dejado de mejorar hasta que a finales de la década pasada se agudizó la crisis económica. Probablemente, esa generación de jóvenes europeos sea la primera que viva peor que la de sus padres. Y ése es hoy un grave problema para el futuro inmediato de la UE, acosada por los populismos. A ello se refirió el Papa Francisco en el discurso que pronunció ante los Jefes de Estado y de Gobierno de los Veintisiete (sin el Reino Unido), reunidos en la capital italiana para celebrar una Cumbre Europea de carácter informal y conmemorar así la firma de los Tratados de Roma. Francisco recogió ayer en su intervención las palabras de los que se han dado en llamar «los Padres de Europa» y, entre ellas, destaca una frase pronunciada por el ministro de Asuntos Exteriores de Bélgica de aquellos tiempos, Paul-Henri Spaak, que dijo lo siguiente: se trataba, «es cierto, del bienestar material de nuestros pueblos, de la expansión de nuestras economías, del progreso social, de posibilidades comerciales e industriales totalmente nuevas, pero sobre todo (...) de una concepción de la vida a medida del hombre, fraterna y justa». Esta declaración de intenciones sigue siendo válida todavía y un objetivo a conseguir en la Europa del futuro. A ver si los mandatarios y los burócratas de Bruselas toman nota y recuerdan que se deben a los ciudadanos, especialmente a los jóvenes.