Romance de balas

La Razón
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Otra semana atroz. Otra temporada en el infierno de las pistolas mientras los partidarios y detractores del Derecho constitucional, quizá la enmienda más cacareada, discuten en las calles y en las redes sociales. Obama, que por fin aparcó el Air Force One en Barajas, balbuceó nuevas excusas para aliviar el gran fracaso de estos ocho años: la imposibilidad de aprobar unas leyes más restrictivas, que impidan que un loco pasee convertido en Rambo y que los ciudadanos respetables compren fusiles ametralladores para cazar renos. Abandonará la presidencia con el país en llamas a cuenta del derecho a defenderse y el derecho a que el vecino, en una tarde de perros, no te vuele la tapa de los sesos. Ni pudo ni supo convencer a sus paisanos de que las cifras de muerte por arma de fuego petan las funerarias y mancillan el alma de la gran democracia, del país que nunca conoció una dictadura y defendió la libertad en las playas de Utah y Omaha, cuando los pepinazos de los destructores caían sobre las olas y a los marines, acompañados por Robert Capa, no les quedó otra que volar las defensas alemanas a pecho descubierto. Tampoco es cierto que sólo los pobres sufran las consecuencias del romance nacional con los revólveres. Siendo cierto que la violencia conoce índices brutales en los barrios deprimidos conviene no olvidar que cuatro presidentes fueron asesinados a lo largo de la historia. Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley y John Fitzgerald Kennedy cayeron víctimas del plomo. «¿Has escuchado las noticias?», cantaba Johnny Cash, «Han disparado al señor Garfield, han disparado al señor Garfield». También tirotearon a Bobby Kennedy y a Martin Luther King, a Huey P. Newton, fundador de los Panteras Negras, al francotirador de los Navy Seals Chris Kyle, al rapero Tupac Shakur, al actor Bob Crane, a Pat Garret, Billy el Niño y a Wild Bill Hickok, a John Lennon y a Gianni Versace. 13.000 personas, la mayoría ciudadanos anónimos, murieron en 2015 gracias a un pistoletazo. Entre los asesinatos, los suicidios, los casos de violencia policial y los accidentes EE UU parece una gran favela, un camposanto inmenso donde lo mismo enterramos niños de pecho que estudiantes, soldados, amas de casa, coreanos del Deli, pandilleros, novias, cantantes y detectives. En Moneta, Virgina, un loco liquidó a dos periodistas; en Charleston un nazi hizo lo propio con nueve personas que rezaban en una iglesia; en Brooklyn cayeron varios policías y este mismo año en Orlando, Florida, un yihadista masacró a cincuenta homosexuales. Si la policía tiene el gatillo fácil también es cierto que en algunos Estados la gente común sale a la calle como a la guerra y nunca sabes si el fulano al que detienes en la autovía sacará de la guantera el carnet de conducir o el fierro. Siento decirles que el país no es más racista que el resto de naciones occidentales y sus policías no son socios del KKK. Los desparrames de algunos uniformados serán inevitables mientras EE UU mantenga su idilio con las balas.