Una de nuestras deficiencias

Se hace evidente que las universidades padecen deficiencias atribuibles en gran medida a la masificación. Con frecuencia hallamos fuertes rechazos a cualquier clase de elitismo; y sin embargo son las minorías y no las mayorías las que se encuentran en condiciones de crear mientras que a las mayorías corresponde recibir los resultados. Las elecciones al Parlamento Europeo han venido a demostrarnos que esas mayorías se encuentran absolutamente insatisfechas pues poco valor tiene lo que desde diversos sectores se les ofrece. La victoria, absoluta en este caso y en toda Europa, ha correspondido al silencio. Y aquí es donde entra el papel de las universidades cuyo cometido esencial consiste en formar personas, y no solamente en instruirlas. Ya Roma incurrió en ese error de dar prioridad a la técnica y los resultados son bien conocidos. En nuestras universidades la ciencia especulativa y las Humanidades han sido reducidas a papeles marginales.

Hace ya muchos años ciertos pensadores ingleses y alemanes, y sobre todo nuestro gran maestro, José Ortega y Gasset, hicieron el descubrimiento de que el progreso no consiste en «tener más» como la tecnología recomienda, sino en «ser más», creciendo en las dimensiones de la persona humana. Los avances técnicos producen ambivalentes bienes materiales, pero depende de la conducta de la persona humana que estos bienes se utilicen como medios de amor al prójimo o como simples elementos de destrucción. Esta idea fue recogida y ampliada por muchos pensadores cristianos, en especial Karol Wojtila, que llegaría a ser Papa y Santo. Dios ha dotado al hombre de capacidad racional que le permite ahondar en el conocimiento de la Naturaleza, pero es preciso que se dé cuenta de que está llamado a administrarla y no a explotarla. Los cambios climáticos y biológicos que tanto preocupan son el resultado de una equivocada conducta.

Como historiador es muy lógico que me preocupe del arrinconamiento que la ciencia histórica ha experimentado en los nuevos planes de estudios. Pero voy a prescindir de ello para insistir en las recomendaciones que a los cristianos y a los no cristianos hizo el Concilio Vaticano II cuando repitió la vieja recomendación de que «Cristo es señor y centro de la Historia». En el mundo entero se ha impuesto esa cronología que reconoce como era común la que parte del año en que se sitúa el nacimiento de Cristo. Durante siglos, desde San Agustín hasta el comienzo del siglo XIX, toda la conciencia histórica se ha conformado sobre esa base: Dios ha formado al hombre dotándolo de libre albedrio para que pudiera construir una sociedad. Ahora hemos invertido los términos y se reclama que la enseñanza de la Historia se haga «como si Dios no existiese». Los materialismos llegan aún más lejos.

Recuerdo una visita a Moscú cuando todavía era la capital de la URSS. Los colegas con quien tuve contacto, en especial Yuri Kulzcinski, me regalaron un ejemplar del manual de Historia que se empleaba en la Universidad Patricio Lumumba. Con gran sorpresa al abrirlo en su primera página encontré esta afirmación: «Es científicamente demostrable que Dios no existe». Ahí aparece la singular y extraña contradicción en que muchos incurren. Si aceptamos, como el positivismo afirmara, que la ciencia carece de dimensiones para probar la existencia de Dios, que es un principio anterior a la materia, sería absurdo afirmar lo contrario. Lo que, como la mayor parte de los científicos de nuestros días nos enseñan, es que resulta más racional entender que el Universo ha sido creado ya que la materia carece en sí misma de dicha capacidad. De modo que quienes seguimos creyendo en la existencia de Dios estamos más correctamente instalados en la ciencia que los que la niegan. Un principio, pues,que necesita ser afirmado.

Estamos llamados, pues, a rectificar una de nuestras principales deficiencias, el materialismo absoluto. El cristianismo enseñó desde el principio que la naturaleza humana posee la más profunda dignidad, ya que el propio Cristo la eligió para dar el salto de la Trascendencia a la Inmanencia como el platonismo estaba recomendando. Recordemos que las primeras palabras del IV Evangelio, escrito en griego, son: «in arjé est o Logos». Así lo decía Philon, el gran filósofo judío que vivía en Egipto. Las vías ideológicas, positivismo, idealismo o marxismo, que se escogieron para resolver problemas que era correcto plantear, se han equivocado en puntos que es imprescindible corregir: han creído que el progreso puede venir de la riqueza, del predominio de una etnia o de un modelo político o con el dominio de una clase social. La experiencia vivida en el siglo XX al que los historiadores señalamos como «el más cruel de la Historia» no deja lugar a dudas.

Aquí entra una de las misiones importantes de que debe hacerse cargo la Universidad: construir un nuevo Humanismo, recogiendo experiencias de diversos orígenes, pero enderezándolas siempre al crecimiento de la persona. No es posible ignorar las palabras que hacen referencia al amor como esencia de la persona: no se trata de la simple filantropía ni del aprovechamiento de los bienes materiales, sino de cubrir las deficiencias en que hemos incurrido. Instruir y preparar técnicamente es valioso, y nadie lo duda, pero la verdadera tarea universitaria consiste en educar y formar. También el Ejército, si se cura de las peligrosas tendencias al mercenariado, tiene una misión importante a este respecto. Formación humana de una conciencia e inserción de las virtudes en la persona son piezas fundamentales para el futuro. Las últimas elecciones europeas parecen alejarnos de esta meta en lugar de acercarnos a ella.