Vivir en el siglo pasado

Los siglos son convenciones numerales de origen religioso que no segmentan la Historia como el metrónomo de las mareas. El siglo XIX terminó en Sarajevo en 1914 con el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa a manos de un nacionalista serbio, y la consecuente Gran Guerra que ahora conmemoramos. El siglo XX fue el más sangriento que ha conocido la Humanidad, dejando pequeño al XVII, colmo de catástrofes militares, epidemiológicas y hasta climáticas. El siglo XXI comenzó la noche del jueves 9 de septiembre de 1989 con la caída del Muro de Berlín y el derrumbe acelerado del socialismo real en Europa . Llevamos corridos 25 años del XXI, sorteando la crisis de la globalización iniciada por Núñez de Balboa y confirmada por Magallanes y Elcano. Igual que tratamos con gran inexactitud los procesos históricos, analizamos frívolamente los avatares políticos, hasta el punto que se ha escuchado por las televisoras calificar a «Podemos» como el triunfador de las elecciones europeas con sus cinco diputados y con el añadido de la circunscripción única que prima a los minoritarios. A mayor abundancia se resalta que este movimiento ha logrado en cuatro meses su pírrico éxito, obviando que el chavismo lleva engordando en España al menos desde mayo de 2011 y las acampadas en la madrileña Puerta del Sol, consecuencia entendible del agobio de tantos españoles y unas cúpulas políticas carentes de grandeza. Aunque con tardanza era inevitable que otros avispados se pusieran al frente de una manifestación con sede vacante. Si no has leído el siglo XX eres analfabeto funcional. El fascismo y el comunismo quedaron proscritos no solo por su abominable crueldad sino por su ineficacia congénita para resolver complejos problemas sociales. Igual que la ultraderecha crece en Europa en una sopa de siglas los nuevos comunistas vienen disfrazados de toda guardarropía. Felipe González antes de la caída del muro: «Prefiero morir apuñalado en Nueva York a vivir en Moscú». Vivir en Caracas es peor.