El proceso independentista no se puede relanzar sobre los muertos

Enterrados los muertos de los atentados de Barcelona y Cambrils (ayer falleció una mujer herida, de nacionalidad alemana, lo que asciende a 16 el número de víctimas–; sorprendidos por la facilidad con la que los terroristas perpetraron sus acciones; conscientes de la vulnerabilidad de las sociedades libres ante el yihadismo; perplejos por la ruptura de la unidad de las fuerzas políticas e indignados por el aprovechamiento que el independentismo ha hecho de esta tragedia, sólo cabe preguntarnos: y ahora, ¿qué? Los efectos colaterales de los ataques han sido devastadores, a la altura de los humanos, pero con el agravante de que los muertos son víctimas aleatorias, sin nombre –aunque lo tengan– y la voluntad de unos políticos de manipular una tragedia sí tienen identidad. Esperemos que en algún momento los dirigentes independentistas, bien en las urnas o por el fragante incumplimiento de las leyes, puedan rendir cuentas. Nadie imaginó que llegasen a utilizar la marcha de Barcelona, aunque durante toda la semana habían dado sobradas muestras de que estaban dispuestos a todo con tal de aprovechar el escaparate –fúnebre, no lo olvidemos– que les estaba ofreciendo el mundo. La cuestión a dilucidar es si en cálculo de los estrategas independentistas entraba la rentabilización de los atentados y si exhibir sus esteladas, consignas, gritos y pitos les podía favorecer ante en el mundo y, sobre todo, ante la sociedad catalana. Debería ésta tenerlo muy en cuenta a la hora de seguir prestando apoyo a quien es capaz de tan miserable manipulación. Hasta ahora no había dudas del carácter antidemocrático y sedicioso del «proceso», saltándose las leyes, Estatut y Constitución, a su antojo; ahora, además, se ha producido un acto de bajeza moral que borra la sonrisa con la que el independentismo quiso bautizar publicitariamente a su revolución. Sitúa a un nivel ínfimo el original catalanismo moderado –hoy avergonzado por el espectáculo del sábado– y hace imposible una negociación sobre unas bases razonables y políticamente aceptables. Si la pretensión de Puigdemont y los suyos era relanzar el «proceso» sobre las víctimas de unos atentados, han elegido el peor camino. La insolencia de levantar su banderas –la estelada paraoficial– por encima de la manifestación, de animar a la ridícula pitada, a monopolizar con sus consignas siempre comprensivas con los terroristas –éstos actúan porque España les vende armas– el sentir de todos los que acudieron, sólo demuestra la enorme debilidad de este movimiento que ha parasitado a las instituciones,a los medios de comunicación públicos y a muchas conciencias. Se habían erigido en portavoces de toda Cataluña aún estando por debajo de 50 por ciento, pero no representan a la mayoría. El «proceso» continúa, tal y como lo advirtió Puigdemont, pero hay algunas incógnitas que deberán resolverse, como saber si los catalanes que tan fervorosamente han seguido la hoja de ruta con todas sus estaciones seguirán apoyándola en estas condiciones. Según lo previsto, el pleno del Parlament del próximo 6 de septiembre se aprobará la ley de referéndum que amparará la convocatoria del referéndum separatistas del 1 de octubre, y se aprobará sin debate alguno. Si en el bloque secesionista queda todavía alguien sensato, debería alzar la voz sin importarle ser purgado, por pura decencia democrática, y paralizar este golpe. Es posible que el sábado asistiéramos ya al esperado choque de trenes y que ahora toque la hora del descarrilamiento.