Cientos de politólogos

La Razón
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Cuando escribo estas líneas, parece que más o menos se va a llegar a un acuerdo de gobierno que estaba visto como necesario por todas las mentes pensantes y de normal cordura, aunque hasta este momento parece que está la pelota en el tejado, y lo que puede facilitar ese acuerdo sería únicamente un cambio de pensares y actitudes, que se han ido conformando de manera contraria a lo que se llamó en su día «el espíritu de la Transición» o superación de aquellas dos famosas y tristes Españas que se odiaban mutuamente o al menos veían una en la otra al mal con el que ni siquiera se habla.

De los jóvenes franceses del 68, ahora cuarentones y cincuentones, dijo el general De Gaulle que habían visto mucho cine, pero sobre todo se habían dado un atracón un tanto barato e indiscriminado de freudomarxismo y, al contrario que en generaciones anteriores, estos jovencitos no habían ni saludado a los pensadores clásicos y tampoco a Freud ni a Marx, ni habían dado golpe ni en el trabajo ni en la lucha diaria; y Eugeni Ionesco, a quien aquellos jovencitos rompieron un precioso jarrón japonés que le habían regalado y era lo único valioso que tenía, aseguraba que lo desgraciadamente significativo era que, después de tanto destrozo y siembra de odio, aquellos revolucionaristas acabarían con una gran carrera en la Banca o en la empresa. Aunque enseguida hubo otra generación que no rehuyó el trabajo ni la lucha por el entendimiento común, y de ahí había nacido una Constitución en España no hecha contra nadie por primera vez.

Y, se trataba, ciertamente, de sensatez y sentido común, como los de la vieja enseñanza cuáquera que representaba a dos asnos atados muy corto el uno al otro, y cada uno de ellos descubría un pesebre ante sus ojos y a él se dirigía tirando el uno del otro, sin lograr llegar a ellos, hasta que piensan y deciden ir, juntos, primero a un pesebre y luego a otro. Era una advertencia muy simple contra toda intolerancia y a favor del pensar, y se ha echado de menos ahora, en que no se tienen que liquidar centurias de violencia, como en 1978, ni nada parecido. Pero a lo que hemos asistido ha sido al tirar cada uno para su lado, como los asnos de los cuáqueros.

Aunque también hemos asistido, desde luego, a toda una teorización de políticos y politólogos acerca de las distintas clases de sumas y restas, constituciones, federalismos, autodeterminaciones, responsabilidades, salvación del mundo, condena del bipartidismo, partidos de colegas, pactos y delirios, ya que en España ha habido casi siempre más filósofos políticos que príncipes en la Arabia Saudita y quieren decidir, todos ellos, con su soberana y particular voluntad.

Y quizás ha resultado algo un tanto reiterativo y monótono, pero también ha servido para aguzar la dialéctica nacional, mostrando, por ejemplo, que quien ha ganado en realidad ha perdido, probándolo con hechos en las elecciones administrativas, y se han desvelado las facultades para la verborrea, y las exhibiciones de virtud, y ahora se tiene un gran escrúpulo en no llamar «sillones» o «Banco Azul» a los asientos del gobierno, quizás porque suena a privilegio, y ningún candidato a gobernarnos debe aparecer como teniendo pretensión de sentarse allí, según afirmen conmovedoramente.

Pero lo que ni se ha mentado, en estos largos manejos de escondite para no formar gobierno, es el elemental y básico principio de que no hay democracia, si el Derecho no está por encima del Estado, y que es suficiente este predominio del Derecho para que la haya, que es algo que no parece todavía claro y neto entre nosotros. ¿Saldrá, entonces, un algo de esta Babel de arbitristas y politólogos, y sus divertimentos?

Decía Sören Kierkegaard que la Torre de Babel había sido levantada por gente que estaba aburrida, pero entre nosotros palabreo y diversión no faltan, sólo que nuestro palabreo es tan inmenso que hace que nuestro panorama político ya parezca la Torre.