El pisapapeles

Dijo ayer Julia Otero en Onda Cero que los Obama son la pareja presidencial que mejor se tocan de cuantas en los tiempos modernos habitaron la Casa Blanca. En la misma tertulia, alguien a continuación recordó lo sosas que han sido en España las parejas que residieron en La Moncloa. Todo aquí en ese sentido resulta frío y acartonado, reglamentario, con distante expresión de carpintería, como si al presidente de turno y a su esposa los acicalase cada mañana el taxidermista del Museo de Ciencias Naturales. Por alguna extraña razón acaso premonitoria, en los momentos que se supone felices el presidente y su esposa suelen mostrarse contenidos, asépticos, como si fuese algo malo que la felicidad no se parezca todo el rato a la condolencia. Padecemos una estirpe de políticos tiesos y acomplejados que consideran ridícula la naturalidad y vergonzante la sencillez. Se mueven con una rigidez ortopédica y evitan comportarse como lo hacen los Obama, que se miran, se sonríen y se tocan en público con la misma aplastante naturalidad que si de las miradas de la muchedumbre los ocultase el arropamiento de la multitud, ese gentío heterogéneo, admirado y civil que ayer se conmovió sin vergüenza en el Mall de Washington cuando Beyoncé cantó el himno nacional y no hubo en toda la ciudad un solo abucheo que no fuese el viento pronunciando su propio juramento en las ramas de los árboles, en las cruces de Arlington o en esos miles de banderas que en España sólo serían respetadas si después de pisoteadas nos las devolviese la lavandería convertidas en calzoncillos, en sudarios o en manteles. ¡Qué distinto es todo entre nuestros políticos de madera! Los Obama se besan con naturalidad en las canchas de baloncesto, se hacen caricias y es como si fuesen a entrar en la historia sentados en la última fila de un cine, mientras nuestros presidentes consideran una grosería no ser del mismo sexo que el pisapapeles del escritorio.