Historia

Lo quiero todo

La Razón
La Razón FOTO: La Razón

«Quiero ser astronauta, dibujo animado, especialista de cine, pirata, estrella de rock, o de jazz, hombre invisible, mago... Quiero hacer submarinismo, equitación, skate...Quiero tener un late night, un club de fans, una mascota, un superpoder, un arco láser, y encontrar el amor de mi vida dos, tres veces. Pero en esta vida no puedes tenerlo todo, ¿o sí?». Tras esta larga lista de deseos, en su mayor parte irrealizables, la nueva campaña de DDB España para el Audi A1 termina con algo que sí se puede querer y además, conseguir: el coche.

La publicidad está llena de sueños posibles e imposibles, de intentar mostrar a los consumidores que sus deseos podrán hacerse realidad gracias al producto o servicio anunciado. Pero la gente es cada vez más escéptica y desconfiada ante esas promesas inalcanzables hechas tantas y tantas veces, como la campaña de Lotería Primitiva «No tenemos sueños baratos», en la que se plantea el querer tener un avión privado, con su hangar, sus azafatas y todo lo que se pueda uno imaginar. Vamos, un sueño tan surrealista que posiblemente sólo esté en la mente del creativo que hizo el anuncio.

Es cierto que la publicidad sigue y seguirá invitando a soñar, pues si se eliminan el misterio y la ilusión, la mayor parte de los anuncios dejarían de tener sentido e interés. Un coche es mucho más que un simple medio para poder desplazarse; un perfume es la clave para ser atractivo y poder conquistar a otras personas; un refresco es la pócima de la felicidad; una cerveza, el poder compartir alegría y diversión con los amigos; un desodorante, el arma que puede convertirte en irresistible para las chicas. Pero la inmensa mayoría de los anuncios ya no se presentan como promesas que harán posible que los sueños se conviertan en realidad, sino como juegos irónicos y divertidos entre las marcas y los consumidores. Como si la propuesta fuera «ya sé que esto es lo que te gustaría, pero como ambos sabemos que es imposible, al menos puedes disfrutar y pasártelo bien».

Ésa es posiblemente la principal virtud de la campaña del Audi A1, ese juego casi infantil de invitar a soñar despierto. Porque los anuncios que todavía quieren ser tomados en serio con promesas imposibles no sólo son descubiertos y descalificados casi inmediatamente, sino que pasan a ser objeto de burla y despiadadas parodias.