Migrantes fantasmas

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Lo positivo de la imagen televisiva es el impacto inmediato que produce en los telespectadores. Sin embargo, éste no deja de ser fugaz. Aquélla de un niño muerto en la playa provocó una ola inmediata de solidaridad en buena parte de los europeos, pero a medida que ha ido pasando el tiempo –y pese a otra parecida de hace unos días y a las noticias de fallecimientos de niños en las proximidades de las costas griegas o italianas– se han ido desvaneciendo los efectos catárticos de los noticiarios. Hoy se observan como habituales los desplazamientos de los migrantes en las fronteras de los países de la antigua Yugoeslavia. Son países pequeños e incapaces de ordenar el flujo masivo que procede del norte de África, de Afganistán o de Etiopía. Sus medios son también escasos para controlar las fronteras europeas que conducen al destino final, Alemania. Eslovenia cuenta con 2,1 millones de habitantes; Croacia, con 4,4 millones y Serbia; con 7,2 millones. Por sus límites y por los de Hungría deambulan en este momento miles de refugiados. Pero en aquellos países llegaron ya el frío y las lluvias. Hemos podido ver imágenes de estos caminantes, hombres, mujeres y niños, entre el barro en dirección a ninguna parte, a menudo en caminos de ida y vuelta. Europa, según la concebimos, hubiera debido reforzar las fronteras del sur. Desde Italia y Grecia el aluvión de migrantes que creen, una vez superados los peligros del mar, que van a descubrir el paraíso de oportunidades que alguien les prometió. Ya no es tan sólo la Policía de fronteras la que controla este incesante ir y venir. Los bombardeos de Alepo por los rusos y el avance de las tropas de Bachar al Asad han provocado la estampida de unas 35.000 personas, pero las organizaciones humanitarias calculan que a esta migración cabría añadir la de otras 100.000 más. Hungría cerró la frontera con Croacia y Eslovenia, que se defiende manteniendo un determinado cupo. Los refugiados, calados por la lluvia, improvisan algunas hogueras para calentarse. Los campamentos de acogida son del todo insuficientes y las ONG y Cruz Roja están desbordadas por los acontecimientos, porque el flujo migratorio se supone que no será de pocas semanas.

Tampoco hay perspectivas de que las guerras de Oriente Medio o la amenaza del Estado Islámico vayan a disminuir. Las observamos con cierta distancia calificándolas de tribales o religiosas y allí, en el meollo, cabe advertir la intifada que se está produciendo en Israel. Angela Merkel prometió al dictador turco avanzar en los acuerdos con la UE, porque Turquía, para algunos sectores, podría convertirse en el dique de contención de la migración y contaría, además, con más recursos de la propia Unión. Pero la dirigente alemana observa con preocupación el creciente malestar de sus propios votantes ante los ofrecimientos, en parte interesados, de acoger preferentemente los emigrantes sirios. El resultado, en paralelo, de este fenómeno –el más grave con el que se enfrenta Europa desde la II Guerra Mundial– es el crecimiento de una opinión pública y de unos partidos xenófobos que se sitúan en la extrema derecha del espectro político. En Alemania se han producido ya algunos incendios de las residencias de acogida y las escasas promesas de los dirigentes políticos de la Unión se minimizan u olvidan. La ciudad de Dresde se ha convertido en uno de los centros en los que se han producido mayores concentraciones xenófobas. Pero no cabe olvidar que en Grecia mismo el partido neonazi Amanecer Dorado crece a medida que el país, símbolo de la crisis, se ha convertido en el principal centro de acogida y la isla de Lesbos, en su insignia.

Tal vez, como contrapunto, cabría recordar la figura de la ya alcaldesa de Colonia, Henriette Reker, de 58 años, políticamente independiente, aunque cercana a Angela Merkel, los Verdes y los liberales. Mientras se hallaba en campaña, tras haber ocupado la Concejalía de Medio Ambiente, Integración y Asuntos Sociales desde 2010, fue acuchillada. Su agresor, Frank S., era un parado alemán de 44 años cuyos antecedentes se sitúan en la militancia, en los años noventa, en un partido neonazi ya prohibido. Reker no sólo ha superado los resultados del atentado sino que fue elegida por sus conciudadanos. Cabe señalar, sin embargo, que en la cuarta ciudad de Alemania, con 809.000 electores, votó tan sólo un 39,7% de la población. De los 800.000 al millón de refugiados que recibirá Alemania este año, a la ciudad de Colonia le corresponderá acoger a 9.000. El ciudadano medio alemán y buena parte de los europeos no lo contemplan tan positivamente como Reker y buen ejemplo de ello han sido las recientes elecciones suizas, en las que el PVS (Partido Nacional Suizo) ha incrementado el número de diputados convirtiendo la crisis migratoria en el eje de su campaña. Los peligros xenófobos, vinculados al islamismo, campean por una Europa que se entendió como un espacio libre de radicalismos. Observamos cada día, en los informativos de las televisiones y en la prensa, a esos migrantes fantasmas, cuya permanencia en pantalla o en los periódicos resulta cada vez más dolorosa y fugaz.