Dolor, el primer miedo del hombre del siglo XXI

En el XIX lo fue ser enterrado vivo y en el XX volar en avión

Enfermeras atienden a un paciente de COVID-19 en la UCI del Hospital Reina Sofía de MurciaMarcial GuillénEFE

Si se hace una pequeña revisión histórica sobre los grandes miedos de la humanidad, es fácil observar que cambian con los tiempos y prácticamente de una centuria a otra, esto es, sin que hayan transcurrido demasiados años, hecho que quizás sugiera que la reciente historia secular ha adoptado una velocidad incomparablemente superior a épocas pasadas.

El miedo al dolor físico (del griego, algofobia) está considerado una desagradable experiencia sensorial, puesto que están implicados múltiples factores emocionales y psíquicos. Y ese miedo universal cambia notablemente con los tiempos: si en el siglo XIX predominada a ser enterrado vivo (del griego, tafofobia), en el XX fue a volar en avión. En el siglo XXI la medicina y la cirugía han cambiado su sensibilidad y piensan que el paciente “no debe sufrir por dolor”. De hecho, en los primeros 15 años del siglo XXI aparecieron más fármacos analgésicos que en todo el resto de la historia de la medicina.

La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor lo define como “Una experiencia sensorial y/o emocional desagradable, que molesta e impide realizar tareas diarias. Es una alerta del organismo, en la que siempre interviene un componente subjetivo”. A pesar de esta subjetividad, en el umbral de percepción del dolor existen algunas escalas de medición, como la EVA (Escala de Valoración Analógica), creada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), mediante la que el paciente puntúa de uno a diez su sensación de dolor. Esta misma entidad considera que puede dejar de ser un síntoma (agudo) para constituirse en una enfermedad si se hace crónico.

En numerosos hospitales españoles de la red pública existen unidades del dolor para tratar esta entidad cuando se cronifica. El coste económico que suponen en España los tratamientos contra el dolor crónico asciende a más de 15.000 millones de euros anuales, cifra en la que se integran los fármacos más las bajas laborales y los gastos por estancias hospitalarias. No obstante, en torno al 80% de las prescripciones de analgésicos se realiza en el ámbito de la atención primaria. Y, en virtud de los propios pacientes, el médico parece estar más preocupado por la causa del dolor que por este.