En la cueva del hombre

La teoría que diseñó John Gray en 1992 sobre cómo gestionan ellos el estrés se renueva casi 30 años después y se multiplican los «escondites» donde los varones se enfrentan a. sus demonios. Ellas no lo necesitan.

Mariano abre a LA RAZÓN su «escondite» donde lidia con sus tormentos. Ésta es la que cueva filosófica sobre la que disertó en los años 90 John Gray. «Aquí paso horas de soledad fructífera e inspiradora. En medio de este aparente caos escucho sin interferencias lo que siento y deseo plasmar», reconoce. Foto: Jesús G. Feria

La teoría que diseñó John Gray en 1992 sobre cómo gestionan ellos el estrés se renueva casi 30 años después y se multiplican los «escondites» donde los varones se enfrentan a

sus demonios. Ellas no lo necesitan.

Silencio. En esta cueva habita un hombre que piensa, que necesita tomar distancia para reevaluar una situación. Un hombre que quiere disfrutar de su soledad sin sentirse culpable y ha decidido replegarse sobre sí mismo durante un tiempo. No será bien recibido quien se empeñe en preguntar, ayudar o juzgar. Si hubiera un cartel en la entrada, se leería la máxima sueca «No le digas a nadie lo que hay dentro de tu corazón ni de tu cartera». Cuando creíamos tener superado aquello de que los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, que sentenció el escritor John Gray en 1992, resulta que sí, que seguimos sin salvar la distancia de sexos en cuestiones como el modo de hacer frente al estrés. «Cuando un hombre está preocupado se retirará a su cueva privada para meditar, rumiando el problema en busca de una solución». En el momento en que la encuentre saldrá de la cueva, ya de mejor humor. ¿Y si no da con ella? Algo hará para olvidar. Leerá, creará, convocará a sus amigos para una partida de billar... Poco a poco, se irá relajando. El autor planteó la cueva como una alegoría del cerebro masculino cuando se cierra en banda, pero hemos encontrado que la cueva del hombre existe físicamente y aparece en cualquier parte del mundo con mil formas diferentes. Asomarnos a una de ellas resulta muy tentador y el artista Mariano Cobo, pintor y escultor, nos ha enseñado la suya. Es un espacio amplio y diáfano que se abre a un pequeño jardín situado en el bajo de su casa, en el barrio madrileño Puente de Vallecas. «Aquí paso horas y horas incansables de soledad fructífera e inspiradora. En medio de este aparente caos de cuadros, esculturas, pinceles y pinturas encuentro ese lienzo en blanco que me permite escuchar sin interferencias lo que siento y deseo plasmar». Es su cueva particular de creatividad y pensamiento que él mismo ha construido y donde despliega sus emociones y sus vivencias, revelándose como ser creador. Le sirve al mismo tiempo como lugar de reflexión y vía de escape de lo cotidiano. Un homenaje a su individualidad. La escritora Susan Cain, gurú de la introversión, reivindica la práctica de la soledad. «Es el ingrediente básico para la creatividad. Sospechamos instintivamente de los solitarios, pero solo la introversión permite aflorar el pensamiento propio y original», asegura. El músico Glenn Gould se encerraba en un espacio interior tan profundo que un día de sol radiante le sorprendió que hubiera personas que lo preferían a su cielo nublado. Bastante más profano, el periodista Manuel Hidalgo propone como cueva el cuarto de baño: «Desde niño, el hombre empieza a saber que es el lugar de uno mismo, un lugar disputado y sometido a sospecha en el que ha comenzado a encontrar, como en ningún otro, espacio y tiempo para sí y para sus asuntos», escribe en su libro «El lugar de uno mismo». Facilita, dice, una soledad que es productora de reflexiones y de encajes con nuestro yo.

En la localidad argentina de Villa Crespo, Fernando Carnevale, un abogado de 36 años, ha impulsado una cueva colectiva exclusivamente masculina que bautiza como La mesa de los galanes. Reúne a hombres de cualquier edad y condición con el único objetivo de reivindicar la masculinidad en tiempos de cambio. Entre sus socios hay individuos conservadores, liberales, clásicos, millenials, gays o metrosexuales. Todos tenían, según su promotor, esa necesidad de disponer de un espacio para reflexionar y conversar, entre cervezas y cacahuetes, de lo que se tercie, sin temor a la censura por una frase o una lágrima a destiempo. Y en Australia, al presentador de televisión Scott Cam, usuario confeso y reincidente de cuevas de hombres, se le ocurrió ir en busca de las 20 mejores del país. Encontró auténticos santuarios construidos en la parte trasera de las casas, repletos de mesas de billar, barras de bar, máquinas de pinball, sofás de cuero oscuro y colecciones de objetos. El periodista dice que sintió alivio al descubrir que miles de personas compartían esta misma práctica. La cueva de hombres se ha convertido también en ese imprescindible que demandan los futuros propietarios de casa que pasan por el «reality show» que conducen los gemelos Jonathan y Drew Scott en la televisión estadounidense. Casi siempre se sitúa en el sótano o en el piso superior de la vivienda y los compradores varones expresan con igual vehemencia su necesidad de amor e intimidad que de independencia y autonomía.

RECUPERAR LA IDENTIDAD

¿Por qué esta necesidad? ¿Acaso no hemos aprendido desde nuestros ancestros cavernícolas? Las palabras de Antonio Cano Vindel, psicólogo y presidente de la Sociedad para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés, no son muy reconfortantes para los detractores de cuevas masculinas. «Hombres y mujeres somos diferentes. No admitir estas diferencias genera conflictos innecesarios. La obra teatral ''El cavernícola'' plantea cómo la gestión de situaciones de estrés en las cavernas era similar a lo que ocurre hoy en el interior de cualquier rascacielos y esto ha ido marcando la morfología del cerebro. El hombre es defensivo y solitario. Prefiere ocultar su estado emocional, por eso tiende a aislarse y centrar su atención en una sola cosa. Vuelve el pensamiento hacia sí mismo. Generalmente, discutir le parece una carga innecesaria. Todo ello aparece sobre las tablas y el público aplaude porque se ve reflejado».

Él se siente mejor retirándose en busca de una solución, ella prefiere hablar. «Los hombres se muestran concentrados e introvertidos, y las mujeres cada vez más abrumadas y emotivas», decía John Gray. Cuando ellas insisten y se quejan, él se irrita y opta por la desconexión. «Créanlo. Es mucho más saludable», aconseja el psicólogo Javier Urra. «En general –añade–, el hombre es más impulsivo y con una mayor tendencia a la ira. Si esa parcela privada le brinda la posibilidad de dar un tiempo a que baje la emoción y asome la razón, bienvenida sea. En situaciones de estrés, lo más acertado es salir de la zona de conflicto. Es verdad que puede calificarse como una costumbre atávica, pero, por cultura, por presión o porque se siente demasiado iracundo, se retira. El ser humano es territorial y necesita ese espacio donde podrá dar paso a otros argumentos y a otro formato. Es un comportamiento que ocurre también en mujeres y resulta igualmente positivo».

Según Cano Vindel, cuando el hombre no tiene respuesta a un dilema, no está todavía educado para reconocerlo francamente. Son esas situaciones en las que él dice «No hay problema» y ella insiste: «Sé que pasa algo. Pareces preocupado. Hablemos. Me gustaría ayudarte...». «Solo necesita ir a su cueva a ver si da con ella, calibrando la distancia con respecto al resto del mundo», advierte el psicólogo. Es una razón que, como ya dijo Gray, adquiere relevancia cuando se está enamorado. «El resultado –señala el escritor– es un rejuvenecimiento en el que hallan de nuevo su afectuoso yo y lleno de vigor».

A veces el simple hecho de sentir que está dando con la solución a un problema es suficiente. Lo descubrió Tor Wager, investigador de la Universidad de Colorado, en hombres que trataban de superar una ruptura sentimental no deseada: «Hacer lo que creemos que nos ayuda a mejorar funciona. Es como el efecto placebo. Ese pensamiento en soledad alivia el dolor y hace que el cerebro libere más cantidad de endorfina, que actúa como un analgésico natural». Precisamente, la psicóloga Terri Orbuch, de la Universidad de Michigan, ha detectado en uno de sus estudios que, dentro de la pareja, el 29% de hombres y mujeres sienten que les falta privacidad y tiempo para sí mismos como individuos. «En la cueva también crece el amor. Hacerse con un rincón es saludable y motiva a construir esa idea de identidad propia y enseña a sentirse bien, cultivando cualidades como individuo y como pareja», afirma Orbuch. Recordemos que esa habitación propia fue la que reivindicó Virginia Woolf hace casi 90 años para que la mujer pudiera escribir buenas novelas. Eso y dinero. El hombre quiere ahora recuperar en ella su identidad y preguntarse quién y qué es.