«Mi médico cree que estoy loco»

Los trastornos psicosomáticos están detrás del 20% de las visitas al médico. Son más comunes en mujeres y veinteañeros

Los trastornos psicosomáticos están detrás del 20% de las visitas al médico. Son más comunes en mujeres y veinteañeros.

Era el año 400 a. C. Hipócrates, padre de la medicina, notó que las emociones podían provocar sudoración y taquicardia. Entendió que a las personas enfermas había que tratarlas como un todo. Es decir, tratar la mente era tan importante como tratar el cuerpo. En este sentido, se adelantó más de 2.000 años a Freud: curó dolencias a través de los sueños. Lo que Hipócrates no se podía figurar es que, más de 20 siglos después, los médicos desarrollarían esta idea hasta diagnosticar lo que hoy se conocen como enfermedades psicosomáticas: síntomas sin explicación médica ninguna.

El problema ha ido a más. La Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen) estimó que un 20% de los españoles padecía dolor crónico y un 16% percibía acúfenos, una percepción de un sonido en ausencia de estímulos acústicos. Todo ello podía ser fruto de la situación de estrés y ansiedad derivados de la crisis. Sin embargo, hay enfermedades psicosomáticas que trascienden el simple malestar hasta convertirse en tumores, parálisis y hasta en cegueras que sólo están en la imaginación de quien las dice padecer. ¿Afortunadamente para ellos? Eso nos dicta la lógica. El problema es que el enfermo psicosomático no sólo no se queda tranquilo cuando escucha el dictamen favorable. Descartada la enfermedad física, sólo queda para ellos la explicación psicológica. «Mi médico no me entiende, cree que estoy loco», es una de sus frases habituales.

De ello da fe Suzanne O’Sullivan, neuróloga del National Hospital for Neurology and Neurosurgery de Londres. Buena parte de su carrera la ha consagrado a estudiar a estos pacientes. Y una de sus conclusiones es que el problema está más presente en nuestra sociedad de lo que creemos. «Como mínimo, uno de cada cinco pacientes que atienden las clínicas sufre trastornos psicosomáticos. Y entre los que padecen convulsiones, pueden llegar al 70%», afirma O’Sullivan, que ha visitado nuestro país para presentar «Todo está en tu cabeza» (Ed. Ariel), libro en el que relata los casos que ha tratado en este campo. «Los casos eran igual de comunes hace cinco que hace 200 años», afirma. Aún así, ¿el «autodiagnóstico» que a día de hoy hacemos a través de internet no ha agravado el problema? «A finales del siglo XIX los problemas psicosomáticos se trasladaban por el boca a boca. Antes sólo tenían lo que les decía el vecino y su propia imaginación. Ahora, la imaginación ha reemplazado a internet. Y pueden llegar al médico con toda una lista de posibles diagnósticos», explica.

Conocemos tan poco del cerebro que resulta imposible describir los mecanismos fisiológicos que pueden llevar a algunas personas a «imaginarse» enfermedades. Y no en todos los pacientes es por los mismos motivos. La experta señala el estrés psicológico como uno de los principales. «Si ese estrés no lo conseguimos sacar a través de las palabras, si nos negamos a aceptarlo, nuestro cuerpo puede “hablar” por nosotros, produciendo palpitaciones, dolor...». Mientras, otras personas «activan su sistema nervioso autónomo», que es el que controla las acciones involuntarias. ¿Y los traumas en la infancia? «Los abusos sexuales tienen muy altas posibilidades de provocar después estos trastornos. Antes, los médicos pensaban que todas las personas que presentaban convulsiones histéricas correspondían a un abuso en la infancia. Ahora, sabemos que puede estar detrás de un tercio de los casos», explica.

Es más probable que se dé entre los 20 y los 30 años. «Es poco usual más adelante. El patrón podría configurarse en la infancia: si tu madre estaba constantemente enferma, o si te llevaban al médico por cualquier cosa mínima». También es 10 veces más común en mujeres. «Ellas se ven en más situaciones en las que se sienten atrapadas. Además, es más aceptable socialmente que una mujer acuda al médico al sentir un síntoma; no es así en los hombres». Pero unos y otros necesitan respuestas. «Se decepcionan cuando sus pruebas dan resultados normales. Preferirían que fueran anormales para poder poner un nombre a su enfermedad. Lo piden casi de rodillas. Y lo quieren así porque sus síntomas son muy reales. Eso habla de lo que sufren. Creen que cada síntoma necesita un médico diferente, una pastilla y una radiografía para estar satisfechos». En estos casos es precioso que el médico actúe de forma «poco severa: a los especialistas no se nos está dando bien comunicarles estas enfermedades. Los pacientes sienten que les estamos acusando de mentir». En ese sentido, la enfermedad fingida puede «detectarse con facilidad» cuando el impostor se muestra esquivo.

El más común de los males psicosomáticos es el dolor «en todas sus formas»: en la cabeza, en el estómago, en las articulaciones... En segundo lugar, la fatiga, o lo que algunos expertos definen como «fatiga crónica». También se encuentra la dispepsia funcional, en la zona gastroduodenal, que provoca fuertes dolores de estómago sin necesidad de ninguna enfermedad orgánica. Y no hay que olvidar los ya mencionados acúfenos. ¿Y las intolerancias al gluten, a la lactosa o algunas alergias? «No son psicosomáticas, pero las personas que tienen síntomas psicosomáticos eligen enfermedades más ‘‘populares’’ como estas para racionalizar su situación, y hacerla socialmente aceptable», explica la neuróloga.

Irónicamente, los costes económicos de las enfermedades psicosomáticas pueden ser superiores a los de los males de origen orgánico: en EE UU suponen 256.000 millones de dólares; mientras que en una enfermedad como la diabetes son de 132.000 millones.