Dos muertos y un herido grave por la ola de calor

Un joven de 17 años que se encontraba trabajando en el campo en Córdoba y un anciano que paseaba por las calles de Valladolid, primeras víctimas de las altas temperaturas

Un turista se refresca en una de las fuentes del patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba, ayer cuando las temperaturas máximas continúan en ascenso en Andalucía
Un turista se refresca en una de las fuentes del patio de los Naranjos de la Mezquita-Catedral de Córdoba, ayer cuando las temperaturas máximas continúan en ascenso en Andalucía

Un joven de 17 años y un hombre de 93 han muerto como consecuencia de la ola de calor. Además, hay un tercer afectado, en estado de gravedad.

España es un horno. La ola de calor, que ayer registró su pico más alto y se mantendrá hoy con la misma intensidad, mantiene en alerta a buena parte del país con temperaturas extremas que podrían superar los 42 grados en el noroeste peninsular. Este fenómeno meteorológico, insólito y extraordinario para un mes de junio, según advierte la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), ya se ha cobrado dos víctimas: un joven de 17 años en Córdoba y un hombre mayor en Valladolid.

En el primer caso, el menor estaba desvaretando olivos con su padre en la finca familiar de Castro del Río, sin tener en cuenta el intenso calor, cuando sintió un mareo. Para aliviarse, decidió sumergirse en la piscina, pero no consiguió rebajar lo suficiente la temperatura corporal. Al salir, comenzó a convulsionar y fue cuando la familia llamó a los servicios de emergencia. El facultativo determinó su traslado al Hospital Universitario Reina Sofía en helicóptero y allí ingresó a mediodía del jueves en estado de coma. En la UCI sufrió dos paradas cardiorespiratorias y a la 1.25 horas de la madrugada del viernes falleció.

La historia del hombre de Valladolid sí suele ser más común cuando se producen episodios de intenso calor, porque, a diferencia del joven de Córdoba, pertenece a un grupo de riesgo. Según fuentes de la investigación, el anciano de 93 años caminaba por el centro de la ciudad «demasiado abrigado» para estar expuesto a una temperatura de 37 grados, cuando se desplomó a eso de las seis de la tarde del jueves. Los sanitarios que acudieron hasta el lugar solo pudieron certificar su muerte. El forense que realizó un primer examen del cuerpo dictaminó que se trataba, según todos los indicios, de un golpe de calor que desembocó en una pérdida de conocimiento y en la posterior parada cardiorrespiratoria que causó su muerte.

A estas dos víctimas mortales, hay que sumar los dos ingresados graves a consecuencia de las altas temperaturas: un agricultor de 45 años en la UCI del hospital de Murcia y un miembro de Bomberos de la Generalitat que trabajaba en la extinción del incendio de La Ribera del Ebro (Tarragona).

Todos estos casos demuestran que el calor es más peligroso de lo que parece. Según datos del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, entre 2006 y 2017, 83 personas fallecieron por golpes de calor y entre 2004 y 2016, 446. Este año se ha cobrado dos víctimas y eso que el verano solo acaba de comenzar. La ola de calor que está asolando Europa también ha dejado tres fallecidos en Francia, donde se han registrado hasta 45 grados, en un episodio meteorológico extremo que recuerda al del verano de 2003, que se saldó con 15.000 muertos en el país vecino.

Al parecer esto es solo un aperitivo de lo que nos espera: según un estudio publicado en «Plos Medicine» -en el que participó el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)–, la mortalidad por las olas de calor aumentará drásticamente en el futuro en muchos puntos del planeta debido al cambio climático, y estima que en España se producirá un incremento del 292 % en este tipo de fallecimientos, en comparación con el período 1971-2010.

En el sudor está la clave

Cuando el cuerpo está expuesto a altas temperaturas, lo que intenta es adaptarse a ellas. Es decir, «intenta regular el termostato a través de una serie de mecanismos», explica el doctor José María Iturralde, secretario del grupo de actividades preventivas de salud pública de la Sociedad Española de Médicos de Atención primaria (Semergen). La temperatura media corporal es de 37 grados y a media que comienza a ascender, el cuerpo activa estos recursos de defensa: por un lado aumenta la frecuencia cardíaca, lo que permite bombardear más sangre hacia las extremidades y la piel. Y por otro, aumenta la producción de sudor, que es la forma que tienen las personas de expulsar el calor. «Pero hay veces que esto no es suficiente para rebajar la temperatura corporal y ahí es cuando hay que preocuparse», advierte Iturralde. «Llega un punto en que el cuerpo deja de sudar, el cuerpo se deshidrata, pierde minerales como el sodio y el potasio, y puede haber efectación cerebral por muerte celular con un final fatídico».

Agunos de los síntomas característicos de los golpes de calor son fatiga, debilidad, confusión, dolores de cabeza, náuseas, vómitos, ansiedad, mareos, taquicardia y somnolencia. En algunos casos, aunque menos frecuentes, también se produce ictericia (piel amarillenta), sensibilidad muscular, hipotensión, hemorragias gastrointestinales, moretones y sangrados de piel. En casos extremos, estos síntomas pueden desembocar en la pérdida de consciencia (desmayo), un fallo multiorgánico y la muerte.

Si estamos expuestos al calor intenso y empezamos a notar una sensación de malestar general y una temperatura elevada, lo primero, apunta el médico, es retirarnos de la fuente de calor, hidratarnos, «si puede ser con agua o alguna bebida isotónica e inmediatamente llamar a los servicios de emergencia porque puede ser necesario el ingreso para rebajar el calor del organismo». También se puede aplicar gasas frías por el cuerpo o aplicar una ducha no demasiado fría». Pero nunca, aclara, «sumergirse en una piscina, como hizo el joven de Córdoba, porque la persona puede desmayarse y acabar ahogándose».