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domingo 16 diciembre 2018
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Ocho horas de entrevista para conseguir un donante

LA RAZÓN se reúne con el equipo de trasplantes del Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca de Murcia. Llevan tres años a la cabeza de España. La pregunta es obligada: ¿existe una fórmula mágica? No. La clave es la empatía que tienen con las familias y evitar las preguntas directas como «¿sabe si su padre quería donar?»

  • Además de Julio, Rosa y Mario (en la imagen), el equipo de Coordinación de Trasplantes lo completan los enfermeros Juanma y Conchi
    Además de Julio, Rosa y Mario (en la imagen), el equipo de Coordinación de Trasplantes lo completan los enfermeros Juanma y Conchi

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17 de abril de 2018. 17:31h

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Belén V. Conquero Murcia. 17/4/2018

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Hay una pregunta que nunca, nunca, nunca saldrá de los labios de alguno de los cinco miembros del equipo de Coordinación de Trasplantes del Hospital Universitario Virgen de la Arrixaca de Murcia: «¿Sabe si su padre quería donar?». Les ha costado cerca de dos décadas convertirse en la unidad de referencia en «captación» de posibles donantes –2017 fue el tercer año consecutivo a la cabeza de España– y, como explica la más veterana, la enfermera Rosa Blanco, «hemos aprendido mucho desde que empezamos con el programa, en 1994. En esos años pedir los órganos era considerado como una agresión, hasta por nuestros propios compañeros».

Rosa es la más parlanchina del equipo, pero no sólo habla con palabras, sus gestos también explican cada situación vivida. «Al principio me temblaban hasta las pestañas», dice con los ojos muy abiertos. «¿Le vas a pedir los órganos?», le preguntaban otros médicos cuando ella se aproximaba a una familia que acababa de perder a su hijo. «Los niños siguen siendo lo que más nos cuesta. Es muy duro». Y es que ellos terminan formando parte del duelo que atraviesan las familias. «Les ayudamos a sobrellevarlo», añade.

Mario Royo-Villanova es intensivista y líder del equipo. Trabaja, junto a los enfermeros Juanma Fernández y Conchi Vicente, en la UCI del centro médico. Ellos son los «observadores», los que van analizando las condiciones médicas que tiene cada paciente ingresado en esta unidad de críticos. «Lo ven venir», dice Rosa.

Para el coordinador, su éxito se sostiene «en tres patas básicas». La primera sería «la concienciación social. Las charlas en los colegios están dando sus frutos y, además, los intensivistas hemos sido capaces de explicar lo que es la muerte encefálica. Es cierto que aún quedan datos médicos que lo explican de forma demasiado técnica». Y si los familiares no lo entienden, no donarán. Otra pata importante es «el trato que hayan recibido por parte del sistema de salud. Si tienen una mala percepción de él o se han sentido despreciados durante el proceso de la enfermedad, puede que nunca consigas ese acto de altruísmo», describe Royo-Villanova. Por último, y no menos importante, «la empatía». Este equipo médico es capaz de captar de forma muy rápida las necesidades de los familiares con los que tienen que hablar, de ponerse en su lugar. «No hay una familia igual que otra», añade el médico. También reconocen que es muy importante «nunca ponerse del lado del compañero. No sabes qué circunstancias rodean la situación del enfermo, cómo ha sido tratado y si defiendes a otro sanitario, siempre vas a salir perdiendo», explica Julio Domingo, el quinto miembro del equipo. La labor principal de este enfermero es la logística –hay mucha burocracia detrás de cada donación–, aunque «todos hacemos de todo. Yo también hago entrevistas».

Encuentros con los familiares que pueden durar horas, e incluso días. «En los primeros años podíamos hacer hasta cinco ''rounds'' para conseguir convencerles, ahora es mucho más fácil, también porque hemos aprendido mucho», reconoce Rosa. Eso sí, «he podido estar hasta ocho horas con una familia». Y es que es necesario entender el momento del duelo en el que se encuentran y, «en ocasiones, terminas llorando con ellos». Son humanos y, a pesar del tiempo y de la coraza que se han formado para poder dormir cada noche, hay situaciones que les siguen emocionando.

El encuentro con Mario, Rosa y Julio –Juanma y Conchi no pueden dejar sus funciones en la UCI– se realiza en su «base de operaciones», un pequeño despacho en la zona de obras del hospital murciano. «Nos han dejado aquí solos», bromean. Tras la tensión inicial, las diferentes anécdotas de tantos años de trabajo van surgiendo de forma espontánea. Rosa, por supuesto, es la que más tiene y se agarra a su puesto con uñas y dientes. «Me tendría que jubilar ya, pero no quiero. Me gustaría seguir ayudando». No se ve en otro sitio, ni siquiera en su casa descansando. Y es que el ambiente que presenciamos es tan bueno que entendemos que enganche. Ella es la que ha diseñado una «tarjeta de donante» para que, «antes de morir, dejemos todo bien atado», añade Julio. Nos saca un taco de folletos. «Mira, cada día hay más», dice ella con orgullo. Insisten en que los familiares deben tener muy claro que el proceso de la enfermedad y el de la donación son distintos: «Nunca pueden pensar que le han dejado morir para que done», insiste Mario.

Y lanzamos la pregunta clave: «¿Existe una fórmula mágica?». Sonríen. ¿Cuántas veces se lo habrán preguntado ellos mismos? La respuesta: No. La conversación con los familiares va fluyendo y, con ello, sus preguntas. Eso sí, siempre va enfocado a determinar cómo era en vida la persona fallecida. «¿Era un hombre generoso? ¿le gustaba ayudar a los demás?». Estas cuestiones siempre suelen «caer». Mario eleva las comisuras de los labios. Le han venido dos anécdotas a la cabeza. «Recuerdo una mujer que me dijo: ''Como ha sido tan malo en vida, por lo menos que haga algo bueno en muerte''» y una petición: «Por favor, que el riñón de mi padre no se lo pongan a un borracho». A estas dos, Rosa suma una más: «Una vez me preguntaron si no podíamos trasplantar también el cerebro». Por ahora, no.

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