¿Se comería estas naranjas?

Más de un tercio de la cosecha de frutas y verduras cultivadas en Europa es demasiado «fea» para venderse. Pese a tener el mismo valor nutricional, seguimos mayoritariamente comiendo por la vista

«La mejor naranja de Valencia», puso en marcha «Frutas feas», para dar una segunda oportunidad a las naranjas imperfectas
«La mejor naranja de Valencia», puso en marcha «Frutas feas», para dar una segunda oportunidad a las naranjas imperfectas

Más de un tercio de la cosecha de frutas y verduras cultivadas en Europa es demasiado «fea» para venderse. Pese a tener el mismo valor nutricional, seguimos mayoritariamente comiendo por la vista.

¿Sabe que hacen falta 50 litros de agua (es la huella hídrica) para producir una naranja? Pese a ello, si tiene un pequeño roce, fruto del viento, si no es todo lo redonda que «debiera» ser, si no tiene el color al que estamos acostumbrados o si alberga una mancha se desperdiciará. Parece ridículo, pero la mayoría de nosotros escogeríamos la pieza «perfecta». Por esa decisión, entre el 25% y el 30% de las zanahorias que se producen a nivel mundial no llegan a las tiendas, según la FAO. Y no sólo son estas piezas. La Comisión Europea estima que cada año se desaprovechan en el mundo más de 1.300 millones de toneladas de alimentos; de los que 89 millones de toneladas de comida en buen estado corresponden a la UE. Entre un 30% y un 50% de los alimentos comestibles a lo largo de todos los eslabones de la cadena agroalimentaria hasta llegar al consumidor se convierten en residuos. Con la consiguiente pérdida de recursos hídricos: 130 litros por persona y día en España.

La obsesión por la fruta bonita es un problema global. Así, según un estudio de la Universidad de Edimburgo, más de un tercio de la cosecha de frutas y verduras cultivadas en Europa es «demasiado» fea para venderse. Es decir, nunca llegan a los estantes de los supermercados. El estudio recoge que cada año se descartan en Europa más de 50.000 millones de kilos de frutas y hortalizas porque no cumplen con los estándares de supermercados y consumidores. Aunque parte de estas frutas y hortalizas se utilizan para la alimentación animal o acaban transformadas en cremas, piden un mayor aprovechamiento porque las pérdidas en las cosechas son notorias. Los agricultores que son contratados por supermercados generalmente cultivan más alimentos de los que están obligados a suministrar por la proporción de productos que no van a ser considerados aptos para vender.

A nivel nutricional no hay argumentos para rechazar una fruta fea. «Depende del daño, pero si es un golpecito o tiene aspecto feo no importa», afirma Jesús Román, presidente de la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación (Sedca) y de la Fundación Alimentación Saludable.

«En general –prosigue–, la fruta especialmente y la verdura aunque menos, son como una especie de caja fuerte. Conservan su valor nutritivo mientras estén íntegras. Cuando se empiezan a degradar por un golpe fuerte o están ''viejas'' hay una pequeña merma de vitaminas, sobre todo la C, pero no es importante dentro de una dieta variada y máxime cuando las naranjas, debido a la cáscara que tienen, se encargan de conservar esa vitamina. Lo más destacable es que en las frutas ''viejas'' este carbohidrato se hace de cadena más corta».

Para este experto, aún es pronto para que los negocios con este tipo de productos funcionen. No estamos aún concienciados. Aunque cada vez se promocionan más. Hace unos meses, Pilar Gil, propietaria del negocio familiar «La mejor naranja de Valencia», puso en marcha «Frutas feas», para dar una segunda oportunidad a las naranjas imperfectas. No quería tirar naranjas porque «estuvieran rozadas por el viento o porque fueran feotas cuando la cáscara no te la comes». Su oferta habla por sí sola: 16 kg de naranjas (de plato y de zumo) por 16 euros, frente a los 26 que cuestan las «bonitas» de zumo y 29 de mesa. Incluido el transporte. Las grandes superficies, como Eroski, también lo hacen, promocionándolas a mitad de precio.

Pese a la oferta, seguimos mirando la comida por su aspecto, cuando deberíamos primar que al escoger frutas y verduras más maduras o imperfectas podemos generar un cambio ambiental en lo que a emisiones y huella hídrica se refiere. Además, por culpa de la fruta y verdura «bonitas», la oferta se ha reducido, con la consiguiente pérdida de biodiversidad y de sabor en nuestros platos. Así, cuando le preguntamos a Román qué se comería antes si un tomate con una «cicatriz» aunque sabroso o uno precioso sin sabor, responde sin dudarlo: «El primero. Las frutas menos bonitas a menudo corresponden a esas variedades que se han ido despreciando, las de cercanía, porque se conservan fatal, como el tomate de Madrid, rescatado ahora desde la Consejería de Agricultura, que vende semillas en Alcalá de Henares. Es un tomate con un sabor estupendo, pero con una piel que a la que le soplas se ha estropeado, por eso se vendía solamente en Madrid. La fruta bonita se ha impuesto hará unos 20 años cuando el consumidor empezó a demandarlo». El problema es que ahora muchos consumidores ya no podemos elegir. Esta absurda decisión se ha implantado, pese a que de pequeños nos enseñaron que la comida no se tira.