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La Napardi

Si hay alguna institución clave en la vida pamplonesa es la sociedad gastronómica Napardi. En pleno corazón de la ciudad, en la calle Jarauta, se encuentra el cónclave donde 200 socios aglutinan todo el sentir navarro. Emparentada con las tradicionales logias de la buena vida vascas, la Napardi, obedece a la misma filosofía interclasista, donde la única ley es comer y beber y atesorar puñados de camaradería.

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Hay tres reglas no escritas que son las del principio de confianza, la de no mirar la cuenta corriente del socio y la de la solidaridad. Todos los políticos en busca de pactos tendrían que darse una vuelta por un almuerzo de este cenáculo mágico y entrañable de pamploneses. Nadie desconfía de los Gin Tonics que uno se toma, y apunta lo que el socio declara. Ninguno recela de la profesión, oficio o beneficio de quien tiene la fortuna de codearse con el sitio al que aspiran a pertenecer todos los sanfermineros.

Y para mayor gloria, si hay beneficio, la fundación Napardi lo reparte entre quien tiene auténtica necesidad, saltándose los laberintos administrativos y las poses de buenismo de las que tanto alardean los políticos al uso. Un trozo de vallado de los de antes, en los sótanos de la sociedad, es el testigo del sentir de la ciudad. Cualquier mañana luminosa después del encierro en la que uno es invitado a tomarse unos huevos como Dios manda y un trozo de txistorra son un pasaporte al cielo.

Por esto no es extraño que haya tiros para hacerte amigo de algún socio, encontrarte con la mejor jotera de la capital o jugar una partida entre tanto follón. La Napardi es patrimonio navarro como La Mañueta, el baile de la zapatilla o cualquiera de las estaciones de paso de unas fiestas universales que al final son territorio de iniciados.

Lo exclusivo en Navarra es algo que se comparte. Nadie puede decir que ha pasado por las fiestas de Pamplona sin haber tomado un vino entre abrazos y canciones en Napardi.

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