Cuando «igual» no significa lo «mismo»

Ya estrenada en HBO, la tercera temporada de «True Detective» emula sin reparos a la primera.

Mahershala Ali, en la imagen, convenció a Nic Pizzolatto para que cambiara la raza del personaje para dar a más hondura a la serie
Mahershala Ali, en la imagen, convenció a Nic Pizzolatto para que cambiara la raza del personaje para dar a más hondura a la serie

Ya estrenada en HBO, la tercera temporada de «True Detective» emula sin reparos a la primera.

Todo lo que funcionó bien en la primera temporada de «True Detective» –la atmósfera, la singularidad de los personajes, los cuestionamientos existenciales, los detalles inquietantemente bizarros– dejó tajantemente de hacerlo en la segunda. Y ello dañó de manera retroactiva el prestigio de aquellos ocho capítulos iniciales, haciendo que nos acordáramos de sus aires de importancia y su simpleza a la hora de resolver el misterio.

En cualquier caso se entiende que el creador de la serie, Nick Pizzolatto, haya diseñado «True Detective 3» a imagen y semejanza de «True Detective 1». De entrada, el foco vuelve a estar puesto en un investigador torturado encarnado por un actor recientemente oscarizado; asimismo, la historia una vez más está ambientada en la América sureña y avanza dando saltos entre varias líneas temporales distintas e incluyendo escenas en las que los personajes son entrevistados sobre hechos sucedidos en el pasado. Y en ella, el asesino también deja figuras hechas de materiales naturales cerca de los cuerpos de sus víctimas. Lo que no ha logrado copiar de su es la capacidad de seducción.

Secuestro infantil

Su protagonista es Wayne Hays, un veterano de Vietnam enfrentado a un caso de secuestro infantil. Lo vemos en 1980, cuando él y su compañero Roland West (Stephen Dorff) intentan resolverlo por primera vez; también en 1990, cuando el caso es reabierto y Hays vive azotado por sus errores pasados; y también en 2015, cuando Hays es un anciano de 70 años aquejado de pérdida de memoria y demencia senil y a pesar de ello trata de resolver el rapto de una vez por todas.

Cabe decir que aquí, a diferencia de lo que sucedía en la primera temporada, los saltos en el tiempo no cumplen una función decorativa; sirven para mostrarnos la trágica desintegración de la mente de Hays y para sugerir que no deberíamos dar por ciertos todos sus recuerdos. Por lo demás, eso sí, la serie es más simple ahora que entonces. Y eso, ojo, no tiene por qué ser malo.

Una última comparación: si la primera temporada fingía ser una crítica de la violencia contra las mujeres, pero en realidad parecía deleitarse mostrando cuerpos femeninos desnudos, ahora la tercera se da aires de importancia ondeando la bandera del racismo. El color de la piel no solo afecta a Hays en su carrera profesional; también está en el subtexto de la investigación misma. Pero visto lo visto –cinco de los ocho episodios–, la serie no parece tener intención de usar la raza más que como coartada. Asimismo, no muestra ninguna prisa por ir arrojando luz sobre la intriga criminal; prefiere gastar metraje fijándose en detalles irrelevantes y recreándose exhibiendo el tipo de aderezos formales –blues en la banda sonora, imágenes de tablones llenos de pistas clavadas– que a estas alturas son puro cliché.

¿Qué pasaría si esta tercera temporada hubiera sido estrenada después de la primera, y la segunda no hubiera existido? ¿Pensaríamos mal por no ser tan buena como su predecesora? ¿O pensaríamos bien porque la marca creada por Pizzolato no estaría tan dañada como ha llegado a estar? Difícil saberlo. Lo que sí parece indudable es que, de no pertenecer a «True Detective» no estaríamos en ella de ninguna de las maneras.