Ruente y Carmona, devorando cacho a cacho lo infinito de Cantabria

Paso a paso dilucidamos pedazos de Cantabria, hoy en la región de Cuabérniga

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Programar un día saboreando las delicias que tiene Cantabria para mostrar sería inútil. Cantabria infinita; Cantabria con cien montañas, prados, mares y ríos; más de medio millón de personas, cada una con historias propias por contar. No disponemos de suficientes repuestos de piernas para patearnos cada una de sus rutas, enmarcadas por la historia de la que mana el nombre de cada montaña, río, prado.

Cada nombre esconde su propia historia, hasta que son tantas, que harían falta bibliotecas enteras para guardarlas, bibliotecas pobladas por ancianos sabios de barbas largas y lenguas ágiles para narrar. Solo podemos mordisquear unos pedazos de tierra verde, cachito a cachito, página a página del libro infinito, hasta saciarnos durante unos meses. Un excelente mordisco al enorme pastel de Cantabria lo encontramos en la región de Cuabérniga, en los pueblos de Ruente y Carmona.

Ruente

La arquitectura de las casonas montañesas saludan al visitante desde su extremo de la carretera, respirando el aire limpio de las montañas y demostrando un aspecto excelente. El color blanco y la piedra que las conforman parecen tener una piel lisa y alegre, dispuesta a la bienvenida. Será porque Ruente siempre se ha considerado un refugio para los españoles, desde que las aceifas sarracenas obligaron a que muchos huyeran a esta tierra libre. Pedazos del Jardín del Edén se esparcieron por el mundo tras el pecado original, a cubierto en las zonas montañosas. En Ruente se esconde una de estas porciones y en tiempos de guerra, ha acogido a los inocentes.

Así se ve la Fuentona en su nacimiento.
Así se ve la Fuentona en su nacimiento.Alfonso Masoliver

Como ocurre con cualquier pedazo de paraíso, cierta magia inexplicable envuelve el pueblo. La encontramos manar de la Fuentona, un pequeño manantial de agua dulce situado en la parte de Ruente más próxima a las montañas. Su líquido fresco recorre la localidad moteado de truchas adormiladas, libélulas encantadas, hasta derrotarse en el río Saja. Cada cierto tiempo, el agua deja de salir (nunca más de 5 horas, en ocasiones durante menos de 15 minutos), y los científicos han acudido hasta aquí con sus teorías para darle una explicación racional. Justifican las paradas con algún tipo de fenómeno meteorológico, que desde el siglo XX no han sido más de doce, o quizá a la existencia de un sistema sinfónico en el interior de las cuevas. Ninguna teoría ha sido aceptada.

Los locales, por otro lado, más acostumbrados a la deliciosa fantasía que esconden los paraísos perdidos, señalan como causante de estas anomalías a una anjana. De apariencia física pequeña, esbeltas, con los cabellos húmedos y largos, las anjanas son las protectoras de los honrados y los enamorados, las cuidadoras de quienes se extravían por bosques y caminos. Son sus caprichos quienes deciden cuándo manará agua de la Fuentona.

Una visita a Ruente termina por una comida en la Nogalea, a poder ser que sea un cocido montañés, mientras se discute en el calor de la familia y los amigos las posibles historias que supuran, ciertas o no, por la tierra que alberga esta maravillosa localidad.

Carmona

Continúa el camino por la carretera sin final. Cinco, diez, cien kilómetros se asemejan a dos simples pasos, jugadas como esta nos hace el territorio sempiterno de Cantabria. En Carmona se recoge otro pedazo de jardín perdido, nosotros como visitantes no podemos recogerlos, pero sí zambullirnos en ellos y salir más limpios de vuelta al mundo.

Madera, piedra, flores, aceras. No parece hacer falta mucho más. Quizá los prados y algunos huertos para colorear. Si cae la breva de que visites Carmona un día de lluvia, el pueblo te recibirá como lo hace un escenario vacío, con luces escasas y dispuesto para representar nuevas historias. Podrá ser la tuya. Buscar una nueva historia en Carmona, que sea solo para nosotros, puede ser una buena forma de hacer del verano uno inolvidable.

Cueva de El Soplao
Cueva de El Soplao

Cuando se visita un día soleado, no es momento para historias nuevas. Son demasiadas paseándose bajo la luz, no cabe una más. En este caso más vale mantener la atención afilada, como los cuchillos de sus habitantes mientras tallan sus herramientas en madera. Están allí, disfrutando del día claro, sentados en sus sillas y tallando cucharas de madera con una paciencia asombrosa para quienes salimos de la ajetreada ciudad (puedes hacerte con una por un precio que oscila entre los 6 y los 9 euros). Con madera de avellano, suave y dócil de tratar, en ocasiones a lo largo de un día entero, plasman una leyenda por cada herramienta que tallan. O un pedazo del mismo cuento hasta vaciarlo en las herramientas, siendo la historia de un pueblo nada más que un enorme entramado de pequeñas narraciones que derivan en una superior a todas.

Podría ser que una visita a la Ermita de San Antonio Abad o un robo de la respiración en el mirador de la Asomada del Ribero, basten para terminar el efecto que Carmona deposita sobre el viajero.

Cuevas del Soplao

No gastaré palabras limitando la belleza de estas obras ajenas al hombre. En las famosas cuevas, situadas a pocos kilómetros de Carmona, la naturaleza hace como los grandes artistas, renovándose con nuevos lienzos y nuevos tintes si es necesario. Abandona los tonos glaucos de la montaña para adentrarse en la psicodelia de color que estampó contra las grutas subterráneas. La visita es indispensable para maravillarse.