Islas Griegas en un «hotel flotante»

Realizar un crucero implica viajar con todo incluido y descubrir varios destinos sin necesidad de deshacer la maleta

  • El mar Mediterráneo y el Egeo permiten al viajero disfrutar de una navegación muy tranquila en cualquier época del año
    El mar Mediterráneo y el Egeo permiten al viajero disfrutar de una navegación muy tranquila en cualquier época del año / Carlos R. Zapata
Atenas.

Tiempo de lectura 4 min.

30 de noviembre de 2018. 08:36h

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Carlos R. Zapata.  Atenas. 30/11/2018

Ha llegado el momento de disfrutar de las excelencias que ofrecen los hoteles flotantes «todo incluido», es decir, que nos vamos de crucero. Conocer las Islas Griegas puede ser una estupenda opción a bordo de los buques de Costa Cruceros. Después de volar hasta Bari, punto de salida del crucero, y con las maletas en el camarote, nos preparamos a disfrutar de una semana de relax, excursiones, gastronomía, bailes, teatro y mucha fiesta...

Con un Mediterráneo en calma, a primera hora de la mañana empezamos a divisar la costa de Corfú. Nos cuentan que se trata de la más grande de las islas jónicas, y tiene la característica de estar adornada con bosques de olivos. Sus pueblos y la capital, también llamada Corfú, nos recuerdan a ciudades venecianas, por sus construcciones y, sobre todo, por las características persianas que las adornan y protegen del inmisericorde sol mediterráneo. La belleza de la capital fue premiada en 2007 como Patrimonio de la Humanidad. Subimos por una ladera hasta encontrar el soberbio palacio de Achilleion, que mandó construir la emperatriz Sissi. Las vistas desde los jardines, presididos por la belleza de la gigantesca estatua de Aquiles, son espectaculares.

Diversión a bordo

De regreso al barco, seguimos el «diario de a bordo» que nos dejan cada noche en el camarote para participar en alguna de las atracciones que ofrecen a todas horas y para todos los gustos. Una de ellas es «The Voice of the Sea». Cualquier crucerista puede ser, si quiere, el ganador de este concurso tras someterse a la votación del público, que da su opinión a través de mandos electrónicos, o entrenarse antes de la gran final con los «coaches», al igual que el popular formato televisivo. Y si se nos da mal cantar, podemos optar por la música, que invade todos los rincones del barco con un espectáculo diferente cada noche en sorprendentes escenarios aptos para todos los gustos.

Una de las ventajas de los cruceros es que, al navegar por la noche, resulta una delicia contemplar el amanecer en un nuevo destino. Al despertar nos recibe el puerto del Pireo, en Atenas. Todo parece como sacado de un libro de historia: el Peloponeso, el Mar Egeo, las islas Cícladas, la Acrópolis, el Erecteón, con las preciosas cariátides sujetando sobre sus cabezas el peso de la historia, se complementa con las proporciones áureas de los templos, teatros y estadios, cuyo culmen está en el Partenón. Aquí, todo los que miramos lo vemos equilibrado y, según nuestra guía, «el templo tiene alma, como si al terminarlo fuera a suspirar y se quedara con el aire dentro».

Después de pasear por las calles de Atenas, y en especial por el barrio de Plaka, con sus pintorescas callejuelas y plazas donde probamos el yogur griego y las cervezas, regresamos al puerto donde nos espera el barco para seguir disfrutando de la diversión nocturna.

La Venecia del Egeo

Para los siguientes días nos esperan las populares islas de Mikonos y Santorini. La primera de ellas es conocida como la isla de los vientos y podemos comprobarlo por la cantidad de molinos con los que se adorna. Hora, así llamada su capital, es con sus estrechitas y retorcidas calles y recoletas placitas, la reina del Mar Egeo. Todo en la ciudad es blanco, tan brillante que cuando recibe la luz del sol nos deslumbra. Un lugar emblemático en Hora es la llamada «pequeña Venecia» y no es que se adorne con canales, como su homónima italiana, sino por el conjunto de casitas que se meten, literalmente, en el mar.

Santorini también nos sorprende y esta vez por su morfología. Se trata de una isla cuyas ciudades como Oia o Fira, su capital, se asoman y se despeñan por sus volcánicos acantilados, que se visten de blanco, rojo o negro, según fueron formándose con el material volcánico que les llegaba de las diferentes erupciones de los volcanes que la rodean. Estos hicieron que se hundiera toda la boca del volcán y lo que vemos hoy día es una isla circular, alrededor de un enorme «lago» marino. El blanco de las fachadas se junta con el azul añil de las cúpulas de las decenas de iglesias, ortodoxas por estas latitudes, que se encuentran diseminadas por la ciudad, dando al conjunto una perfecta simbiosis colorista con el azul del cielo y el mar, y el blanco de las nubes y la espuma de las olas.

La semana de crucero llega a su fin y la experiencia ha sido muy positiva. Hemos disfrutado cada noche de un espectáculo diferente, musicales, magia y acrobacias. Ahora toca hacer de nuevo las maletas para regresar a casa, pero eso sí, con un buen sabor de boca, pues hemos disfrutado de una estupenda gastronomía elaborada por diferentes cocineros, como el del chef Barbieri, una estrella de los fogones, y un gran recorrido por un universo de sabores, aromas y sensaciones. Y con la mente puesta en la próxima vez, porque quien prueba, repite.

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