Cataluña

El testimonio esencial de los supervivientes de la gripe española de 1918

“Es francamente extraño encontrarte con un familiar, amigo o conocido que no esté contagiado o convaleciente", se leía en mayo de 1918 en la Prensa

Las recomendaciones contra la gripe eran muy similares a las de ahora
Las recomendaciones contra la gripe eran muy similares a las de ahoraArchivo

“Mis tías siempre corrían las cortinas de la ventana para que no pudiese ver las procesiones por los muertos”, afirmaba en 2018 José Ameal, un hombre de 103 años superviviente de la gripe española, la pandemia más cruenta del siglo XX. Hizo estas declaraciones en el centenario de la pandemia a un periodista de la BBC, cuando parecía inverosímil y de ciencia ficción que algo así pudiese pasar. Ahora su testimonio coge otra relevancia. En España acabó con la vida de 226.000 personas y sus estragos económicos fueron similares a los que nos afectan hoy en día.

Es difícil encontrar hoy día alguien que hubiese vivido en primera persona aquella macabra enfermedad que afectaba por igual a jóvenes y ancianos, lo único que se difiere de nuestro coronavirus. Sin embargo, muchos dejaron su testimonio ya ancianos, y sus vivencias nos pueden darnos valor en tiempos de crisis como el actual. “Todas las familias estaban afectadas y todas teníamos mucho miedo. Recuerdo que no paraba de toser y sentía como si alguien me apuñalara al respirar. Y aún así mis padres, mi hermano y yo nos recuperamos”, recordaba Martha Risner, una mujer de 103 años de West Virginia, Estados Unidos.

El coraje de todas aquellas personas que salieron adelante, a pesar de la nube negra que se cernió sobre suyo, es el ejemplo que hemos de seguir para confiar en vencer a esta enfermedad. “Vivía con mis seis hermanos, mi madre y mi padre. Todos cogimos la gripe, salvo mi padre, que nos mantenía calientes y nos daba líquido. Un día vino un doctor a visitarnos y preguntó a mi padre cómo estábamos. Él dijo que bien. El doctor nos miró, sonrió, y le dijo a mi padre que siguiese haciendo lo que estaba haciendo porque de donde venía y a donde iba después no tenían tanta suerte”, afirmaba Clella B. Gregory, residente de Kentucky, uno de los focos más virulentos de la enfermedad.

“Recuerdo que tenía seis años cuando cogí la enfermedad. Me encerraron en cuarentena en una habitación. Vivía con mi madre, mi padre, dos hermanos y tres miembros más de mi familia. Todos llevaban máscara y nunca entraban en la habitación”, aseguraba Sardo, a los 93 años, quien añadía que “la pandemia nos cambió mucho como sociedad, nos hizo más individualistas”. Este es el riesgo del distanciamiento social ahora imprescindible, que vuelva a cambiarnos como sociedad y nos devuelva el miedo irracional hacia los otros.

Como ahora, la gente sana salía a la calle con mascarillas, y había multas de 50 dólares de entonces si se veía a alguien con síntomas en la calle. Las iglesias estaban cerradas, los teatros, los centros públicos, sólo abrían las tiendas de primera necesidad. “Recuerdo que la gente tiraba cubos con agua y desinfectante a la calle porque había gente que todavía escupía en el suelo", afirmaba Sardo, demostrando que siempre han existido los incívicos e insolidarios, pero siempre han sido una minoría.

La vida continuará, por supuesto, pero veremos como. Hasta entonces, la fe puesta en una rápida respuesta de la ciencia con antivirales y con la tan ansiada vacuna tiene que ser un acicate para seguir adelante. “Tenía cuatro años cuando enfermé. En la casa de al lado, uno de mis compañeros en el parvulario también enfermó. Llamamos al doctor y nos ofreció una inyección, la única esperanza de que pudiésemos salvarnos. Mis padres aceptaron, pero nuestros vecinos no. A la mañana siguiente yo me levanté con una leve mejoría, pero el otro niño había muerto. Al menos esta es la historia que me contaron”, recordaba Betti Somppi a los 92 años.

En un momento en que el coronavirus se ceba con nuestros mayores, su testimonio es más valioso que nunca. Esperemos poder seguir escuchando las historias de todos.