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La tumba de Edgar Allan Poe, su última historia de miedo

El mítico escritor fue enterrado en Westminster Hall cuatro días después de su fallecimiento en un aura de misterio que parecía surgido de uno de sus cuentos

La tumba en su lugar original de Edgar Allan Poe
La tumba en su lugar original de Edgar Allan Poe FOTO: La Razón Archivo

El 4 de octubre de 1849, Edgar Allan Poe era encontrado semiinconsciente en el frío suelo de las calles de Baltimore. Estaba pálido, sin fuerzas, enfermo, y parecía sufrir un agónico delirio que le imposibilitaba darse cuenta de dónde estaba, ni qué hacía allí. Lo más extraño de todo es que llevaba una ropa que no era suya, que le quedaba ridículamente holgada y a veces su rostro parecía doblarse en otro. En seguida, le trasladaron a un hospital local, pero nunca recobró la lucidez. “¡Reynolds, Reynolds!”, gritaba con el timbre trémulo y apagado, como si su propia voz le resultase mórbida e indeseable. ¿Quién era ese Reynolds a quien invocaba? ¿Acaso era el personaje de “La narración de Arthur Pym”? Difícil saberlo ahora.

Moría cuatro días después, el 8 de octubre, a las cinco de la madrugada, sin que los médicos pudiesen determinar la causa exacta de la muerte. Delirum tremens, sífilis, epilepsia, cólera, nada concordaba exactamente con su sistematología. ¿Acaso importa el por qué? “Dios mío, apiádate de mi alma”, lloraría al final.

Sus restos fueron enterrados en la parte trasera de Westminster Hall, a las afueras de Baltimore. El funeral duró tres minutos. No hubo sermones, nadie habló. No había ni seis personas despidiéndole. Ni siquiera fue enterrado con una lápida que remarcara el lugar donde descansaría para el resto de la eternidad. Nadie lo fue a llorar, nadie parecía querer recordar al padre de la historia de terror moderna, hasta que en 1875 sus restos fueron exhumados y trasladados a la parte principal del cementerio, con una nueva lápida monumental como homenaje a su genio. Junto a él se enterró a Virginia Poe, su mujer, y a su amada Mary Clamm, la madre de Virginia y suegra. “No nos queda sino morir juntos. Ahora ya de nada sirve razonar conmigo; no puedo más, tengo que morir”, le escribía a Clemm el 7 de julio de 1849. Y al final lo consiguió.

La exhumación y cambio de ubicación se debía también porque, en julio de 1852, se levantó sobre el antiguo cementerio la Iglesia Presbiteriana de Westminster. Las viejas lápidas quedaron como muros y bóvedas funerarias y los vecinos empezaron a denominarlas catacumbas cuando todavía sabían identificar el lugar donde alguno de sus familiares estaban enterrados. El lugar donde estaba enterrado Poe había sido, de alguna manera, ya profanado.

No tardaron en aparecer narraciones sobre extrañas apariciones y quejidos, como silbidos que el viento transformase en sentidas súplicas. Muchos decían que las paredes de las catacumbas parecían temblar como si fueran latidos y lees acompañaba un ligero tambor siniestro. La popularidad de las historias de Poe ya habían alcanzado a la tradición oral y muchos de sus relatos se contaban como leyendas propias de la zona. La idea de que allí estaba de hecho el gran poeta hizo que muchos quisieran ver en aquellos extraños fenómenos a la figura suplicante y desesperada de Poe. Quien quiera puede visitar ahora la tumba del poeta, que ha vuelto a colocarse en su lugar original, y entrar en las viejas catacumbas. ¿Sigue Poe encerrado allí suplicando que le dejen marchar?

Lo cierto es que Poe es el inventor absoluto de la idea que tenemos hoy día de casa encantada. Su obsesión con la idea de enterrada en vida y el ser emparedado ha marcado nuestro imaginario y ha moldeado la concepción de casa encantada. Sólo hay que pensar en “La caída de la casa Usher”. El cuento confirma la tesis de que toda la casa encantada lo es por un confinamiento prolongado. La mansión está regida por los hermanos Usher, cuya sensibilidad extrema les obliga a confinarse dentro. Esto era Poe, una sensibilidad extrema.

La trágica muerte de la hermana y los extraños fenómenos que ocurren después, que acaban con la irremisible “caída” de la casa, representan esa vieja idea de traslación completa del cuerpo del ser humano a un espacio físico. Mientras en la ciencia moderna se especula con la posibilidad de trasladar en un futuro los datos cerebrales a una especie de nube que nos permita vivir para siempre en un mundo digital, la idea de casa encantada se basa en el mismo principio. Digamos que el ser humano tiene continente (cuerpo) y contenido (conciencia de él). La casa encantada se basa en la posibilidad de que el contenido se desplace fuera del cuerpo y se albergue en un espacio paralelo, en este caso una casa. El fantasma no sería más que la derivación de la conciencia de uno mismo y la extrañeza de vivir a partir de un lugar, no de un cuerpo propio.

Edgar Allan Poe lo sabía. Edgar Allan Poe se encerró para siempre en la casa Usher, pero ésta se desplomó y sin continente no pudo más que enloquecer y morir. Quien vaya a Westminster Hall puede que se encuentre a Poe todavía confuso y enloquecido, llorando por esa casa encantada que nadie supo construir para él, ni siquiera él mismo.