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Casas encantadas: ¿Por qué la mayoría empiezan con un largo confinamiento?

Las historias de fantasmas siempre arrancan con víctimas de un largo encierro en el lugar donde luego se quedarán atormentadas en la otra vida

La fotografía tomada en 1936 de "la dama de marrón" en Raynham Hall
La fotografía tomada en 1936 de "la dama de marrón" en Raynham Hall FOTO: La Razón Archivo

Cualquiera que recopile los relatos de los más célebres ejemplos de casas encantadas, es decir, castillos, viviendas, caserones o simples apartamentos donde se documenta la existencia de un fantasma o ente paranormal, verá que todas las historias comienzan igual, no con un crimen violento, sino con un encierro a la fuerza. La mayoría comienzan, por tanto, con un largo confinamiento. ¿Estamos creando millones de futuras casas encantadas con la cuarentena? El tema parece frívolo, y lo es, pero encierra una pregunta que es bastante reveladora. Sean historias reales o simples ficciones, ¿por qué apoyan la idea de que el crimen mayor que los seres humanos pueden experimentar es el encierro y la falta de libertad?

Los ejemplos son muchos, pero nos centraremos en uno de los más célebres a la par que inquietantes, el de la dama marrón de Raynham Hall. Esta casa encantada es famosa porque fue un escritor quien certificó la existencia de fenómenos inexplicables. Se trataba de Frederick Marryat, gran amigo de Charles Dickens y autor, entre otros, de “El buque fantasmas”, relato donde desarrollaba la leyenda del holandés errante, que luego inspiraría el libreto de la ópera de Wagner. Marryat, por supuesto, no creía en casas encantadas, eran tonterías que nadie serio podía creer. Aseguraba que en su mayoría no eran más que estratagemas de los contrabandistas para asustar a la población local y así luego poder actuar con más libertad, tema que luego desarrollaría John Meade Falkner en la extraordinaria “Moonfleet”.

Así que Marryat se inscribió en Raynham Hall, en Norfolk, Inglaterra, una posada conocida por albergar a “la dama marrón”, una espectro de cuerpo entero vestido de marrón que atormentaba a los vivos que se atrevían a molestarla en su casa. La primera noche, no ocurrió nada. La segunda noche, tampoco. Pero la tercera noche, cuando el escritor se iba a dormir, las convicciones del famoso escritor empezaron a tambalearse.

Se estaba cambiando para irse a dormir cuando irrumpieron en su habitación dos jóvenes que decían ser admiradores suyos y le invitaron a ir a su habitación a inspeccionar una vieja pistola que les acababa de llegar de Londres. Marryat, con sólo una camisa y pantalones, aceptó, no sin antes coger su propio revolver, “no sea que nos encontremos con la dama marrón”, bromeó. Los tres cruzaron el pasillo a la habitación de los jóvenes. El arma era excepcional, o así lo recuerda el escritor, pero como se hacía tarde se disculpó poco después y dijo que tenía que descansar. Los jóvenes le agradecieron su amabilidad y le aseguraron que le acompañarían a su habitación para asegurarse que nada ni nadie enturbiaba su descanso.

Al volver, vieron en el otro extremo del pasillo un fulgor que se acercaba y lo que parecía una mujer sosteniendo una lámpara. Al ir con sólo una camisa sin abrochar debidamente y unos pantalones de dormir, Marryat se apartó apoyándose en la puerta de una de las habitaciones para no tener que pasar por la vergüenza de saludar a quien fuera. Los otros dos, por mimetismo, también hicieron lo mismo.

Cuando aquella señora pasó por su lado vieron claramente que no era de este mundo, sino que era una aparición femenina de aspecto lúgubre. Al llegar a la altura de Marryat, el fantasma se detuvo y se giró con rostro enfurecido y demoníaco, exigiéndole que no hiciera tanto ruido. El escritor, asustado por la aparición, no pudo más que coger su revolver y disparar, pero la bala atravesó aquel cuerpo inherete y se estrelló en la pared de más allá. “Aquello le sonrió de una forma maliciosa y diabólica. Este hecho enfureció tanto a mi padre, quien era cualquier cosa menos un cordero en disposición, y descargó el revolver justo en su cara”, escribiría después la hija de Maryatt.

Esto sucedió en 1836. Un año antes, en Navidad, Lord Charles Townshend invitó a varios amigos a pasar las fiestas en Raynham Hall. Uno de ellos, el coronel Loftus, aseguró que de madrugada había visto a una mujer con vestido marrón que desprendía un fuerte fulgor. Al mirarle la cara, lo que más destacaba era la palidez brillante del rostro y el negro absoluto de las cuencas de los ojos. La mayoría de los invitados se marcharon de inmediato de la mansión, asustados por aquella historia que el extraño ambiente que se respiraba en Raynham Hall no dejada de ratificar.

¿Pero quién era la dama de marrón? Su nombre era Dorothy Townshend (1686-1726), hermana de Robert Walpole, que durante 21 años representó las funciones de primer ministro de Gran Bretaña. Dorothy se casó con el vizconde Charles Townshend II, un hombre violento e iracundo que enloqueció por los celos. Cuando descubrió la relación amorosa entre su mujer y el marqués Thomas Wharton, ordenó furioso que Dorothy fuera encerrada de por vida en Raynham Hall, sin volver a ver nunca a sus hijos. De esta forma, la desgraciada mujer permaneció confinada sin contacto con nadie hasta que murió años después a causa de la viruela.

Éste es el hecho común en estos relatos, el encierro que lleva a la locura y una locura que traspasa los límites de la realidad hasta atrapar el espíritu en ese mismo confinamiento. No pueden salir porque el tiempo ha desaparecido, sólo queda el espacio, y el espacio los reduce su dimensión hasta que son por completo el lugar en donde están. ¿Puede que esa misma locura nos afecte a todos? Nunca se sabe, pero seguro que de este confinamiento salen increíbles historias de fantasmas.

El 9 de septiembre de 1936, la dama de marrón hizo una célebre nueva aparición cuando el capitán Hubert C. Provand, fotógrafo para la revista Country Life, y su asistente, Indre Shira, fotografiaron a lo que creyeron que era un espectro bajando las escaleras. La fotografía, que ilustra el artículo, ha sido de arriba abajo y su credibilidad se ha cuestionado de mil formas distintas, pero ahí continúa. Shira habló de “una forma vaporosa asumiendo gradualmente la apariencia de una mujer”. Y eso es lo que somos en confinamiento, figuras vaporosas intentando gradualmente conseguir la apariencia de un ser humano y volver a salir a la calle.

Hay muchos casos como los de Dorothy Townshend e iremos recuperándolos hasta confirmar este patrón narrativo.