Max Jacobson, el médico que drogaba a Kennedy en la Casa Blanca

El próximo 3 de julio se cumple el 120 aniversario del nacimiento del polémico doctor al que revocaron su licencia

JFK con su mujer «Jackie» en una imagen cedida por la Biblioteca presidencial John F. Kennedy
JFK con su mujer «Jackie» en una imagen cedida por la Biblioteca presidencial John F. Kennedy

Si algún día hacemos una lista de los libros que nunca leeremos, aunque fueron escritos con la intención de llegar a todos los lectores, uno de los que estaría en uno de los primeros puestos de esa lista es una autobiografía. La escribía un médico para tratar de defenderse, explicar por qué empleó unos tratamientos especiales que le costaron dejar ejercer como doctor en medicina. Se llamaba Max Jacobson y era conocido como el “doctor Feelgood”, es decir, el “doctor Sientobien”. Porque ese era el efecto que tenían las inyecciones y las pastillas que repartía este galeno.

El próximo 3 de julio se cumplen 120 años del nacimiento de Jacobson, un médico de origen alemán que triunfó en Estados Unidos con una clientela de primer nivel, desde un presidente como John F. Kennedy, pasando por los más importantes nombres de Hollywood -tanto delante como detrás de la pantalla- además de escritores, empresarios, deportistas y cantantes. Judío alemán en los años del nazismo, en 1936 salió de Berlín logrando llegar a Estados Unidos, instalándose finalmente como médico en Manhattan. Fue allí donde empezó a elaborar una de cócteles fármacos con los que poder aliviar a pacientes en muchas ocasiones poderosamente estresados. Eso lo logró proporcionándoles y mezclando anfetaminas, vitaminas, tranquilizantes y enzimas con un resultado explosivo. Aquello le funcionaba a todos creando adicción y muchos llamaban día y noche pidiendo más, con lo que Jacobson facilitó a algunos las agujas y las jeringuillas además las instrucciones para seguir inyectándose sin problema. El boca a oreja se fue extendiendo entre nombres como Tennessee Williams, Billy Wilder, Ottro Preminger, Lauren Bacall, Montgomery Clift, Maria Callas, Leonard Bernstein, Elvis Presley o Nelson Rockefeller, por citar unos pocos de una lista inmensa. Truman Capote, por ejemplo, presumía de haberle presentado Jacobson a Marilyn Monroe que se convertiría en una de las clientas del consultorio médico.

En septiembre de 1960, el joven candidato del Partido Demócrata a la Casa Blanca, John F. Kennedy, tenía ante sí el reto de asistir al primer debate presidencial televisado. Su rival, el vicepresidente Richard Nixon, le pisaba los talones. A ello se le sumaba que la salud de Kennedy no era nada buena: a los fuertes dolores de espalda que en muchas ocasiones no lo dejaban dormir bien había que sumar que estuviera afectado del mal de Addison, una enfermedad que podía hacer más soportable gracias a inyecciones de cortisona. El cansancio se estaba apoderando de él e, incluso, tenía problemas para concentrarse. Por esas fechas, gracias a su amigo Chuck Spalding, el candidato Kennedy entró en la consulta de Jacobson en Nueva York buscando remedio a sus problemas. El médico logró que JFK dejara de parecer agotado a dar una imagen de fortaleza y de seguro en sí mismo. Eso fue algo que pudieron comprobar los que vieron el debate donde Kennedy triunfó sobre un Nixon sudoroso y balbuceante.

Una vez jurado el cargo en enero de 1961, John F. Kennedy contó con Max Jacobson como alguien cercano y necesario, no solo para él sino también para Jacqueline, su esposa y primera dama. Estaba fuera de la agenda oficial, donde ya aparecían otros médicos como los responsables de la salud del presidente. Jacobson, cuyo nombre en clave en la agenda de la Casa Blanca era “Sra. Dunn”, acompañó a JFK y su esposa en su viaje a Europa. Fue el momento de la histórica cumbre en Viena entre Kennedy y su homólogo soviético Nikita Khrushchev. “Me pasaré muchas horas sentado y no puedo permitirme tener dolor de espalda”, dijo JFK. “No se preocupe. No tendrá excusas”, le contestó Jacobson. Muchos han señalado que la reunión no fue nada bien y en parte fue por culpa de la inyección de anfetaminas que el doctor administró a su célebre paciente.

El doctor entró y salió de la Casa Blanca unas treinta veces entre v1961 y 1962. Se sabe que, por ejemplo, lo ayudó a aguantar sentado el concierto de Pau Casals en la mansión presidencial y que le administró calmantes mientras tuvo lugar la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. Sin embargo, no todos veían con buenos ojos los métodos de Jacobson. El más preocupado con todo esto era el mismísimo hermano del presidente. Robert Kennedy le hizo llegar al FBI una muestra de uno de uno de los cócteles de medicamentos para que fuera analizado en el laboratorio, aunque no se pudo determinar nada por ser escasa la prueba. Se sabe que Robert tuvo un enfrentamiento con John sobre el peligro de esas mezclas de fármacos. “Me da igual que sea orina de caballo. A mí me funciona”, le espetó el presidente a su hermano.

Tras el asesinato del presidente, Max Jacobson habría destruido toda su documentación sobre su cliente más famoso. Poco a poco empezaron a surgir sombras sobre el doctor. En 1969 falleció a los 47 años Mark Shaw, fotógrafo y confidente de los Kennedy. Durante más de veinte años fue paciente de Jacobson y la autopsia determinó que la causa del fallecimiento fue una “intoxicación aguda y crónica por anfetamina intravenosa”. Tres años más tarde, “The New York Times” exponía públicamente los métodos del médico, propiciando que en 1973 se abriera una investigación. En 1975 las autoridades sanitarias de Nueva York le quitaban la licencia médica a aquel a quien Anthony Quinn definió como “un demonio de hombre”.

Hasta su muerte, ocurrida en 1979, Jacobson luchó por volver a ejercer como médico sin suerte. Parte del tiempo lo pasó redactando una autobiografía que aún hoy sigue sin poder publicarse.